El condición de Freddy Beras Goico caricaturizó el maniquí político haciendo de Melencio Morrobel un retrato consumado de las locuras aspiracionales y del asalto por excelencia al sitial de maduro significación ciudadana: regocijarse del respaldo popular y alcanzar la condición de primer mandatario de la nación.
Con altísima dosis de picardía, desnudaba la escasa formación, adeudamiento intelectual y afán no disimulado por romper las reglas éticas. En el demarcación de los hechos, Morrobel no podía ser pero quería. Con el ego desproporcionado, pretendía sustituir calidades indispensables para el desempeño con el eufemismo de que tenía todo el derecho. Y en esencia, la argucia defensiva tenía un fundamento constitucional.
Ahora aceptablemente, el poder ser anda muy distante del buen carácter y más aún de ser requisito indispensable. Así, y por la burla de los lineamientos formales y legales, las compuertas de los aspirantes están abiertas y, sin el último comedimiento, colocan en el circuito de la imprudencia al ejército de ilusos. Salen dos veces en los periódicos, contratan tres bocinas radiales o televisivas, y se creen la historia de la factibilidad de sus deseos, casi siempre, material de siquiatrías.
Aquí, debemos alterar la razonamiento. La nación necesita más ciudadanos pensando en la opción de los problemas de la concurrencia que una manada orientada a usar a los electores como carnada de opción de sus problemas personales. Puntada rememorar la fascinación de responsables de áreas públicas que concentran la inversión en educación o el de obras para utilizarlas de trampolín de aspirantes. Y los resultados están frescos: fracasaron.
El desafortunado ardid es propio de la partidocracia, porque en el fondo el “aspirar” llena vacíos existenciales, mientras activa la red de negocios y ventajas que se desprenden en todo el esquema de la industria de la política. Por eso, tal dislocamiento y proceder fuera de los plazos consignados por la ley.
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Ahora aceptablemente, lo que parece que les resulta imperceptible es la enorme capacidad de indignación de una ciudadanía que no siente refrigerio ni paz, pero que reacciona con furor al sentirse burlada por exponentes de la clase partidaria.
La ciencia debemos aprenderla todos. Desde el oficialismo, apostando al plan normal sin descuidar el efectivo desempeño, rendición de cuentas y dirección transparente. Y en la razonamiento opositora, aunque no lo intuyan en lo inmediato: confundir obstrucción con críticas legítimas y necesarias para contrapesar, disminuye su credibilidad en la población.
Creer a la chercha revestida de cuestionamientos, creerse que darle boleto a periodistas te hace figura presidencial, hacer de la paga almohadilla operativa de una aspiración, construyen en el imaginario popular la idea de que los Melencio Morrobel quintuplicaron y que tanto esfuerzo, dolor y sacrificio ha sido en vano.
Caramba, tener derecho no puntada. La política necesita capacidades, no solo ambiciones. Y la nación requiere de ciudadanos dispuestos a luchar nuestros mejores dominicanos en vez de entretenerse llevando al Morrobel de la ficción a la boleto.







