El béisbol volvió a recordarnos que cuando la camiseta tricolor entra al dominio, un país sereno se siente representado. Ese sentimiento forma parte del alma dominicana.
El desempeño de la selección dominicana en el Clásico Mundial de Béisbol fue mucho más que una billete deportiva. Fue una demostración de orgullo franquista, disciplina y sentido de pertenencia que elevó la dominicanidad a lo más stop.
Es cierto, el trofeo no llegó esta vez. El béisbol tiene esa naturaleza impredecible en la cual un partido, un inning o un turno al bate pueden cambiarlo todo. Pero ceñir lo vivido por el pueblo dominicano a la desaparición de un campeonato sería ignorar lo esencial. Este equipo logró una vez más unir a un país en torno a una misma emoción.
Millones de dominicanos internamente y fuera del departamento siguieron cada tirada, cada batazo y cada carrera con el corazón acelerado. En ese momento no había diferencias políticas, sociales ni generacionales. Sólo había una bandera, un equipo y el orgullo compartido de ser dominicanos.
Nuestros peloteros demostraron entrega, respeto al uniforme y compromiso con el país que representan.
Ese espíritu además se reflejó fuera del dominio. Detrás del equipo hay una estructura humana que muchas veces pasa desapercibida. La conforman dirigentes, entrenadores, directivos, personal técnico y chupatintas que trabajan silenciosamente para hacer posible cada billete internacional.
Aunque el trofeo físico no esté hoy en nuestras vitrinas, el equipo dominicano tiene el inspección y el cariño de un pueblo sereno. Ese es el trofeo que no se entrega en ceremonias ni se mide en estadísticas, pero que permanece en la memoria de la nación.
El equipo representó dignamente la bandera y recordaron al mundo que República Dominicana, aunque pequeña en departamento, es capaz de hacer cosas grandes.






