EL AUTOR es comunicador. Reside en Santo Domingo.
“Cuando una Constitución se modifica para servir a los gobernantes, deja de ser la ley suprema y se convierte en un simple aparato del poder”.
El término recambio significa, de forma común, sustitución o reemplazo de poco por otra cosa. Es aseverar, cuando poco se cambia porque se dañó, se desgastó, se actualiza o simplemente se decide sustituirlo.
Sin requisa, una Constitución no es una habitación mecánica ni un repuesto que pueda cambiarse cada vez que conviene a los intereses de quienes ejercen el poder.
En los últimos días hemos observado un movimiento natimuerto que intenta promover un período adicional de gobierno para el presidente Luis Abinader más allá del año 2028. La iniciativa se ha difundido a través de páginas de internet que publican supuestas encuestas favorables al mandatario y que, de forma solapada, promueven la modificación del artículo 124 de la Constitución. En otras palabras: quieren romper el candado constitucional.
El dirigente del Partido de la Libramiento Dominicana, Adriano Sánchez Roa, ha propuesto “recambiar” nuevamente el artículo 124 de la Constitución para que los expresidentes Leonel Fernández, Hipólito Mejía, Danilo Medina y el presente mandatario Luis Abinader puedan optar otra vez, “en igualdad de condiciones”, por la candidatura a la Presidencia de la República.
El citado artículo establece con claridad
«Artículo 124. “El Poder Ejecutante lo ejerce el Presidente o la Presidenta de la República, quien será electo o elegida cada cuatro primaveras por voto directo. El Presidente o la Presidenta de la República podrá optar por un segundo período constitucional consecutivo y no podrá postularse de ningún modo al mismo cargo ni a la Vicepresidencia de la República”.
Modificar nuevamente esta disposición, casi nada por conveniencias coyunturales, significaría convertir la Constitución en un aparato moldeable al capricho de los líderes políticos de turno.
En nuestro país, de régimen presidencialista, el presidente es electo por voto directo, a diferencia de los sistemas parlamentarios europeos, donde los gobiernos suelen tener más estabilidad institucional. Esta estructura presidencial ha sido demarcación fértil para un aberración reincidente: la reelección inmediata, con su eterna tentación del poder sin fin.
El maniquí de Balaguer, se perpetuó en el poder mediante fraudes y reformas constitucionales a la medida, fue replicado sin rubor por líderes como Leonel Fernández y Danilo Medina. Los dos intentaron aclarar la puerta a un tercer período, con resultados divisivos y costosos para la institucionalidad. Incluso Hipólito Mejía admitió que fue un error aclarar la posibilidad de reelección sin límites claros.
Sería, encima, una molesto errata de respeto en dirección a la sociedad política dominicana, en dirección a sus instituciones y en dirección a la estabilidad de las reglas democráticas, si llegara a materializarse el descabellado planteamiento del exdiputado Adriano Sánchez Roa.
La Constitución no es una habitación de recambio ni un repuesto de recambio, que se sustituye cada vez que a cualquiera le conviene. Es el dique que contiene sus abusos. Debe ser, por el contrario, el conclusión del poder y la seguro de que la democracia no dependa de los deseos personales de quienes la administra temporalmente. Si cada reproducción de gobernantes la modifica para quedarse un poco más en el poder, entonces ya no tendremos una Constitución: tendremos casi nada un manual de ambiciones políticas.
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