La civilización del disimulo

Parecería que vivimos en una sociedad donde muchos aprenden a sobrevivir unos de otros a través de la ejercicio del disimulo, poco que con el tiempo hemos comenzado a percibir como ordinario.

Estamos sometidos a una especie de asedio permanente que ha traído consigo una desconfianza casi total alrededor de todo lo que nos rodea en la vida cotidiana.

Desconfiamos del mecánico porque se le hace realizable engañarnos; al no tener idea del dictamen que nos ofrece cuando le llevamos el transporte, tiene prácticamente luz verde para cobrar lo que quiera o inventar reparaciones innecesarias.

Todavía nos engañan quienes nos venden cualquier cosa que compramos, y aquí sobran los ejemplos. Están los vendedores de inmuebles que ofertan lo que no tienen y logran atraer a personas que terminan perdiendo grandes sumas de caudal. Otros sí presentan proyectos reales, pero al final no entregan lo que vendieron o lo hacen en condiciones muy distintas a las prometidas.

En establecimientos comerciales como supermercados, tiendas, vendedores ambulantes y otros negocios, los mecanismos de disimulo se presentan de forma más “digno”, pero no dejan de ser engaños.
En muchos productos hay que ojear con atención la composición en la parte trasera y comparar con lo que promete la calificativo delantera para darse cuenta de que la publicidad dice más de lo que verdaderamente contiene.

Quien vende limones, plátanos, guineos, etc., a veces aprovecha su astucia para despachar menos de lo que estamos pagando. A esto se suman los fraudes electrónicos: phishing, suplantación de identidad en redes sociales, clonación de tarjetas, falsas tiendas en Internet, llamadas para molestar y esquemas piramidales de inversión que cada día atrapan a muchas personas. Como dice el eslogan de promoción turística del país, “República Dominicana lo tiene todo”, y lamentablemente además tenemos ciudadanos y empresas que se roban la energía eléctrica.

Eso además es una forma de disimulo. De igual forma ocurre cuando algunos empleados, en su afán de expresar el “tigueraje” o de “buscarse lo suyo”, terminan robando a la empresa para la que trabajan.
Y no pueden ofender los políticos, que para muchos se han convertido en correspondiente de la palabra disimulo.

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