En nuestro país existe una civilización sistematizada de irrespetar las leyes de tránsito, que se traduce en desorden, taponamientos, accidentes y muertes.
En lo que va de año ya son cerca de quinientos los muertos, más del doble de las víctimas del Jet Set. Pero estos muertos no causan desasosiego, pues se han vuelto parte de la cotidianidad. Una “normalidad” que nos ha llevado a vivir el primer empleo a nivel mundial en muertes por accidentes de tránsito.
Y posiblemente más inquietante serían las cifras de lesionados permanentes y discapacitados que resultan de esos accidentes. Pero esa es una monograma que ni se lleva.
Ojalá determinado hiciera un cálculo financiero del costo que tiene esta situación. El costo para el sistema de sanidad, y el costo para el país, al salir esas personas del sistema productivo. Para que sepamos, en vida y fortuna, lo que nos cuesta la errata de voluntad para hacer cumplir la ley, la civilización del desorden y la permisividad.
El tránsito, como muchas cosas en nuestro país, se arregla si sencillamente se cumple la ley. Aspirar a un país donde se respeten las normas puede parecer un sueño. Pero no dejo de soñar.





