Por: Donaire Gomera
La vida que llevamos en la sociedad de hoy nos empuja ir saltando de un banda para otro a toda velocidad y en momentos actuando en la interpretación de un corazón que no siente, sin darnos el tiempo de detenernos a reflexionar: ¿Quiénes somos efectivamente? ¿Cuál es el propósito de nuestra existencia en particular? ¿Creemos que la vida que llevamos es una vida buena? ¿Por qué? ¿cómo debemos proceder nuestras vidas y qué principios deben indicar nuestras acciones? ¿Qué quisiéramos cambiar en la vida? ¿Para qué?
Estas preguntas, aunque suenen filosóficas o teóricas, debemos interiorizarlas con seriedad y a modo de dinámica personal, irlas respondiendo delante de un espejo, no delante de un celular o pantalla; ya que en la mayoría de las ocasiones estos dispositivos tecnológicos nos sustraen del pensamiento autocrítico que se ha de responsabilizarse cuando requerimos reponer cuestiones de nuestra propia existencia.
Y es que delante un mundo en constante cambio impregnado de un vendaval de sucesos e ideologías que atan y deshumanizan, gastar la capacidad de consejo crítica es más importante que nunca; ya que nos servirá de brújula para poder impulsar la barca de la vida sorteando las mareas de lo auténtico y lo visible, de engaños y desengaños, de la verdad o mentira, de lo humano o lo salvaje; para así, no terminar cayendo en aquellas cosas o situaciones que parecen ser, pero no lo son o se suponen tenerlas, sin conseguir efectivamente alcanzarlas.
El problema está cuando nos conformamos con la mera apariencia, en ocupación de esforzarnos en ser verdaderamente lo que debemos ser o pretender ser. Muchas veces preferimos sentirnos engañados, pues, resulta más practicable conformarnos con no salir del nivel de confort en que nos encontramos. En ese orden, el escritor y marcial francés François de La Rochefoucauld, se refiere a que: ¨Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás, que al final nos disfrazamos para nosotros mismos¨.
Entender que procurar proceder complaciendo a otros, hace que terminemos en la pérdida de nuestra propia identidad, hasta el punto de hacernos creer la imagen falsa que proyectamos. El autoengaño se nutre de la constante búsqueda de la aprobación externa y se encubre en el uso de máscaras sociales, aunque resultemos víctimas de nuestras propias creaciones engañosas.
Asimismo, nos alerta el filósofo Guy Ernest Debord en su obra ¨La Sociedad del espectáculo¨ cuando expresa que el sistema en que vivimos ¨no solo vende productos, sino estilos de vida e identidades prefabricadas. Y los individuos, inmersos en una falsa conciencia, aceptan la apariencia como la única verdad, limitando su capacidad crítica. Es asegurar, la verdad está siendo reemplazada por imágenes y el “ser” por el “parecer”.
A este respecto, el sentido de la vida se convierte en un “espectáculo banal” constante, donde la desconexión de la verdad histórica y personal es la pulvínulo que predomina; donde ese sujeto lleva consigo la aspiración de espectacularizar al mayor cualquier aspecto de su vida, aun a expensa de la esencia. Ahí lo íntimo, va perdiendo privacidad y, por momentos, se expone de modo obscena y extrema con tal de hacerse vírico o convertirse en influencers.
Premeditadamente de las redes sociales, es entendible que el mundo de las apariencias, las simulaciones y actuaciones de la persona, no nació con las plataformas digitales, pero ha contrario en ellas un auge sin precedentes, y somos muy poco conscientes de las consecuencias por el uso desproporcionado y la embestida severa que nos autoinfligimos.
Efectivamente delante la embestida de la posverdad, se nos hace muy difícil en tantos escenarios, discernir entre la verdad y la mentira: hechos y propaganda. Espacios donde la verdad no importa, puntada solo manejar las emociones. En ese aspecto, Mark Twain enfatiza que ¨es más practicable engañar a la familia que convencerla de que fue engañada”. Dada esa verdad es oportuno declarar que averiguar la verdad nos hace libres, pero creer la mentira nos esclaviza.
Haríamos aceptablemente en poner un poco más de atención al manejo de dichas plataformas; y procurar encontrarnos con nuestro efectivo ser, hasta el punto de venir a la atrevimiento fuerte, cuando esto se requiera, de someternos a un autoprograma de desintoxicación digital. Pongamos freno a la inmediatez y no sucumbamos a esos algoritmos de redes sociales que priorizan el contenido sensacionalista y dañino, facilitando la desinformación y el sembradío de la oscuridad.
Definitivamente, en nuestra vida cotidiana, la confusión entre lo que es y lo que parece ser, es un desafío permanente; pero no podemos olvidarnos que el que vive para parecer se olvida de proceder. Es pertinente retornar a la pedagogía de la observación como muy aceptablemente describe Byung Chul Han; aquella que permite valorar profundamente la belleza y lo efectivo; que se cultiva en la sensibilidad delante el virus de la indiferencia; que muestra la capacidad de asombro delante la injusticia y el sufrimiento de los demás; y que evita la ceguera delante la verdad, para que no seamos autómatas de lo dictado por el mundo de lo banal y lo insustancial.






