El autor es político y comunicador. Reside en Santo Domingo
Si algún pintor dominicano, inspirado por el pulso de la calle y no por los boletines oficiales, decidiera plantar su caballete en cualquiera de los parques públicos de la Ciudad Primada de América y retratar el alma del pueblo, probablemente no hallaría aquella sonrisa amplia y confiada que durante décadas ha sido sello de nuestra dominicanidad.
Lo que encontraría (si fuese honesto con su muralla) sería un rostro colectivo afectado por la incertidumbre, por la preocupación silenciosa y por una expresión de desconcierto que ya no puede disimularse. Una examen que interroga, que sospecha, que siente que poco no encaja entre lo que se anuncia y lo que se vive.
Porque mientras el ciudadano lucha con la sinceridad cotidiana, desde los salones oficiales se despliega un espectáculo publicitario desbordado, casi obsceno en su insistencia. Se inauguran una y otra vez las mismas obras inconclusas; se celebran avances que nadie percibe; se magnifican cambios que solo existen en discursos cuidadosamente redactados. Se pretende entregar progreso como quien vende espejismos en medio del desierto.
El derroche de capital públicos en propaganda contrasta dolorosamente con las carencias visibles. Cada valla, cada anuncio, cada campaña repetitiva es un recordatorio de la distancia creciente entre la novelística oficial y la experiencia actual del pueblo. Se gasta como si el fisco fuese inagotable, como si los fondos públicos fueran hojas secas arrastradas por el rumbo, y no el fruto del sacrificio diario de millones de dominicanos.
Y entonces, ese pintor (que solo buscaba capturar la esencia de su gentío) terminaría con un paisaje dispar en sus manos: no el del gozo, sino el de la inquietud; no el de la esperanza confiada, sino el de la paciencia agotada. Se quedaría mirando su obra con el corazón roto, preguntándose en silencio:
¿En qué momento dejamos de reconocernos en el espejo de nuestra propia República?
¿Qué le está pasando a mi pueblo?
Porque cuando la propaganda sustituye a la verdad, y la escenografía intenta reemplazar la sinceridad, el arte (como la conciencia) termina convirtiéndose en refrendador incómodo de una época.
jpm-am
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