El autor es periodista y escritor. Reside en Santo Domingo.
El culto póstumo a la personalidad del expresidente Bosch, que él en vida rechazaba, terminará disminuyendo su altura histórica y sus aportes a la creación de una conciencia democrática en el pueblo dominicano. Contribuciones que, a mi querella, ayudaron a desmontar el mito de la tiranía de Trujillo y enseñar a la población la importancia de su presencia activa en la política, entendida esta como una actividad esencial para la preservación de los derechos ciudadanos.
La creación de un Bosch que nunca existió se asemeja a un sentimiento de incumplimiento de parte de sus discípulos, sin afición muchos de ellos para aceptar el partidismo como un compromiso social y no como una vía de superación y lucro individual.
En los últimos abriles, se ha intentado una clonación oficial del Bosch que los educó en las bregas políticas. El resultado es muy desigual de aquél que la sociedad conoció en situaciones muy complejas y en las que él mismo fue víctima de la intolerancia y la sed de poder; herencia de una refriega fría que en el país degeneró en golpes de estado, revueltas civiles, intervención marcial extranjera, conatos de guerrillas y otras experiencias sobre las que surgió la democracia dominicana.

A diferencia de muchos de sus alumnos políticos, no todos, Bosch no mostró nunca sexo apasionado por el poder y es probable que nunca se sintiera verdaderamente atraído por él.
A finales de 1962, cuando todos los indicios mostraban su forzoso triunfo electoral, trató afanosamente de apañarse un pretexto para validar históricamente su retiro del proceso, en la predicción, que resultó profética, de que a la postre sería derrocado.
Esta idea le obsesionó desde antiguamente de aceptar la presidencia hasta la crepúsculo de aquel trágico 25 de septiembre en que fue derrocado por un trauma incruento, provocado en gran medida por su incapacidad para sobrevivir a las circunstancias imperantes.
JPM
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