Para algunos la sociedad ideal es de absoluta atrevimiento, sin regulaciones de ningún tipo, pero dejan de ver que para hacerla posible no se comercio tanto de contar con un regulador que deje de hacerlo, sino de ciudadanos capacitados para conducirse sin escazes de la ley exógeno.
Poblar sin ley es utopía, tanto por el egoísmo propio del sapiens, como por la hipertrofia demográfica. Entre tanta multitud es difícil la avenencia sin la intervención de un poder foráneo con licitud para la aplicación de reglas.
Si tomamos por cierta, o posible, la inscripción del Edén, tendríamos que aceptar lo difícil que se le hace al humano, no importa su estado de civilización, acogerse a una norma.
En estos tiempos no se comercio de una pareja, simbólica o no, sino de miles de millones conviviendo en espacios limitados.
La cantidad inmensa de personas que deben interactuar en las grandes ciudades —como Santo Domingo, por cierto—, cada una de las cuales tiende a conducirse según sus propias reglas, se hace cuesta hacia lo alto que la autoridad renuncie al deber de establecer normas comunes y a velar porque todos nos acojamos a ellas.
Ahora son las patinetas y las bicicletas eléctricas, una insignificancia según el parecer de quienes tienen propiedad y uso de estos aparatos, y azar asimismo para quienes siguen, desde el galería de su casa o habitación, el empeño del Instituto Doméstico de Tránsito y Transporte Terrenal por regular su uso.
Desde luego, con la concurso de quienes se desplazan en ellos, que tal vez con razón alcanzan a ver en todo intento de regulación estatal, el interés en establecer impuestos a un medio de transporte que se extiende poco a poco entre jóvenes.
La regulación es necesaria, con tal de que no termine en poco tiempo, lo mismo que muchas otras y que las concesiones estatales, convertida en pagaré muerta.
Ojalá y este intento pueda ser llevado a término al ganancia de excesos.






