La autora es periodista. Reside en Santo Domingo
POR YANET GIRON
Vivimos en una sociedad donde, en presencia de un contratiempo o una situación endeble, algunos corren a ayudar y otros a aprovecharse. Lo que debería despertar solidaridad, en ocasiones despierta oportunismo. Se toma lo superficial con la excusa de que “se va a perder”. Así comienza a fracturarse nuestra ética colectiva.
Preocupa que estas conductas se normalicen e incluso se justifiquen. La emergencia deja de ser un llamado a proteger vidas para convertirse en un proscenio de beneficio personal. Se pierde el sentido de civismo y se debilita la confianza social. Cuando la exigencia se utiliza como argumento para el extralimitación, la dignidad queda relegada.
Esta existencia se hace visible cuando ocurren accidentes de tránsito o cuando se incendia un negocio. En espacio de priorizar la ayuda o entregar el trabajo de los organismos de socorro, aparecen manos que no buscan rescatar, sino sustraer. La tragedia se convierte en vitrina de descomposición social.
Más contradictorio aún es ver cómo quienes critican la delincuencia actúan de forma similar cuando tienen la oportunidad. Se juzga con dureza, pero se repite la misma praxis en otro contexto. Esa doble ético erosiona la credibilidad y profundiza la crisis de títulos. No se puede condenar aquello que se está dispuesto a hacer.
Todavía resulta inquietante escuchar que no importa porque “esa concurrencia tiene de más”. El respeto no depende de la cantidad de fortuna que posea cierto. La rectitud no puede medirse por la condición económica del afectado. Deshumanizar al otro es el primer paso cerca de una sociedad indiferente.
Es cierto que existen carencias reales que exigen soluciones estructurales. Pero la pobreza no debe convertirse en permiso para el despojo. Cada emergencia debería unirnos, no dividirnos. Si no recuperamos la empatía, terminaremos perdiendo poco más valioso que cualquier objeto: nuestra humanidad.
jpm-am
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