La corrupción no empieza en el Estado

@abrilpenaabreu

La República Dominicana volvió a mejorar escasamente un punto en los índices internacionales de percepción de la corrupción. Un avance exiguo, casi simbólico. Pero más revelador que el número es la reacción: la discusión pública volvió a torcer aproximadamente de lo mismo de siempre, partidos políticos, gobiernos y funcionarios. Y sin incautación, quizás la pregunta correcta no sea quién gobierna, sino quiénes somos.

Durante primaveras hemos tratado la corrupción como un engendro exclusivamente estatal, como si fuera una enfermedad que aparece cuando determinado llega a un cargo notorio. Como si un ciudadano global, al juramentarse, se transformara súbitamente en corrupto. Pero la evidencia cotidiana sugiere poco desigual: la corrupción no comienza en el Estado, el Estado la visibiliza.

El dominicano que roba electricidad no se considera mangante. El que se conecta ilegalmente al internet no se percibe delincuente. El que evade impuestos cree estar “defendiéndose”. El que consume productos pirateados piensa que solo está aprovechando una oportunidad. Y sin incautación, todos esos actos tienen poco en global: implican apropiarse de poco que no le pertenece.

Nuestra sociedad ha normalizado pequeñas ilegalidades siempre que el perjudicado sea una institución abstracta emplazamiento “Estado”. Existe una honesto paralela: robarle a una persona es delito; robarle al Estado es viveza. Esa mentalidad crea una contradicción profunda: se exige honestidad absoluta a los funcionarios mientras se tolera la trampa cotidiana en la vida privada.

Pero el Estado no es una entidad extraterrestre. El Estado es la misma sociedad organizada. El ciudadano que hoy justifica una ilegalidad pequeño, mañana puede acreditar una viejo si tiene poder para hacerlo. La corrupción estatal no es más que la lectura ampliada de una permisividad social previamente aceptada. Cambian las cifras, no la razonamiento.

Por eso los grandes escándalos indignan… pero rara vez transforman.

Creemos que el problema se resolverá con más leyes, más controles o más cárceles. Son necesarios, sí, pero insuficientes. La corrupción no es solo un delito: es un comportamiento aprendido. Y los comportamientos no se erradican sólo con sanciones, sino con civilización.

Mientras la sociedad premie la astucia sobre la honestidad, la viveza sobre el cumplimiento, y la trampa sobre la responsabilidad, cualquier gobierno —de cualquier partido— enfrentará el mismo problema.

El combate a la corrupción no es solamente institucional. Es honesto.

Y, sobre todo, educativo. El país mejorará de verdad el día en que robarle al Estado provoque la misma vergüenza que robarle a un vecino.

Ese día la corrupción dejará de ser un tema político y pasará a ser lo que en realidad es: un asunto de conciencia franquista.


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