El autor es abogado. Reside en Santo Domingo
POR RAMFIS RAFAEL PEÑA NINA
En un tiempo donde lo imagen ocupa titulares y conversaciones, decidí mirar en torno a otro banda: en torno a esos gestos silenciosos que no hacen ruido, pero sostienen el mundo.
Ayer recibí la emplazamiento de alguno a quien aprecio profundamente. No me habló de éxitos ni de celebraciones, sino de cargas. De esas que no se publican, pero se viven todos los días.
Su origen atraviesa un ofensa físico y mental evidente. Los cambios de talante, el desgaste acumulado y la fragilidad constante se han convertido en parte de la rutina.
Como hija, asumió la responsabilidad sin discursos heroicos. Lo hizo porque entendió que hay compromisos que no nacen de la ley, sino de la conciencia.
Pero la historia no termina ahí. Su exmarido sufrió un ACV que lo dejó en estado vegetativo. La vida cambió en un instante.
La presente esposa no está dispuesta a responsabilizarse el cuidado. Y sin bloqueo, quien fue su compañera en el pasado ha decidido no abandonarlo en su desgracia.
No hay hijos que la obliguen. No existe dependencia económica. No hay interés oculto. Solo humanidad.
Mi prima N., divorciada desde hace primaveras, siquiera se ha desentendido del padre de sus hijas. Ha velado por su sanidad y su estabilidad, incluso brindándole techo cuando ha sido necesario.
En uno y otro casos lo admirable no es la relación pasada, sino la calidad pudoroso presente. Son mujeres libres que actúan por convicción, no por ataduras.
En tiempos donde el resentimiento suele disfrazarse de razón y la indiferencia se normaliza, estas decisiones rompen el molde. No celebran la caída del otro; acompañan su fragilidad.
No todo está perdido. A veces la dimensión no está en iniciar de nuevo, sino en no olvidar que fuimos humanos con alguno, incluso a posteriori del adiós.
jpm-am
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