EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.
En la República Dominicana se celebra la desemejanza de medios, pero rara vez se discute un tema secreto: quién o quiénes son los reales dueños de esos medios.
En la última plazo, el licencia empresarial en la comunicación ha traído nuevos actores, nuevas plataformas y más presencia digital.
Sin requisa, incluso ha instalado un maniquí donde el propietario efectivo ya no da la cara. Y esa opacidad no es un detalle beocio: es un problema demócrata. El medio de comunicación dejó de ser, en muchos casos, un plan periodístico para convertirse en un activo decisivo interiormente del poder financiero.
Grupos con intereses en turismo, construcción, telecomunicaciones, entretenimiento o contratos públicos han entrado al negocio informativo no para fiscalizar al poder quizás, sino para guarecerse del poder o negociar con él, en eso estemos claro.
Desde el punto de presencia del expansión, esto tiene una cara positiva: inversión, modernización tecnológica, expansión digital, más empleos y arribada a nuevas audiencias. Pero ese avance material no puede ocultar el costo institucional que se está pagando: una prensa cada vez menos independiente y más condicionada por intereses que no se transparentan.
Cuando el dueño del medio incluso es contratista del Estado, concesionario, socio político o beneficiario de regulaciones públicas, el conflicto de interés es evidente. El medio deja de incomodar y empieza a acomodar. La crítica se vuelve selectiva. La investigación se vuelve prudente. El silencio se vuelve rentable.
¿Es esto conveniente para el país?. Sólo lo sería si existieran reglas claras: transparencia total sobre la propiedad, separación efectivo entre negocios y redacción, y una pauta estatal distribuida con criterios técnicos, no políticos. Pero cuando carencia de eso está protegido, el maniquí se vuelve peligroso.
Una democracia no se mide solo por elecciones, sino por la calidad de su debate conocido. Y ese debate depende de medios que puedan preguntar sin miedo, investigar sin permiso y anunciar sin pedirle autorización al dueño.
Hoy en la República Dominicana hay más micrófonos que nunca, pero no necesariamente más voces libres. Hay más canales, pero no siempre más pluralidad.
Por eso, el tema no es si entraron nuevos dueños. El tema es cómo entraron y para qué. Si entraron para informar, bienvenidos. Si entraron para influir, blindarse o negociar poder, entonces el país no anhelo prensa: anhelo propaganda. Y una democracia con propaganda, aunque tenga muchos medios, sigue estando mal informada.
jpm-am
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