Juan Pablo Duarte, más allá del mármol

Por Abril Peña

La historia suele encerrar a los hombres en estatuas. A Juan Pablo Duarte le ocurrió eso: el país lo convirtió en prócer solemne y, sin quererlo, le quitó humanidad. Sin confiscación, Duarte fue mucho más que el rostro severo de los billetes o la relato obligatoria de cada enero. Fue un hombre con hábitos, contradicciones, talentos y una coherencia personal que terminó costándole poder, tradición y vida abierto.

Duarte nació en 1813, en una casa del Santo Domingo colonial que hoy funciona como museo. Pocos visitantes saben que los objetos que allí se exhiben no pertenecieron directamente al patricio. Son recreaciones cuidadas, reconstrucciones necesarias luego de exilios, pérdidas y traslados forzosos. Ese detalle, aparentemente pequeño, dice mucho: Duarte no dejó un manda material mucho porque su vida estuvo marcada por la inestabilidad política y el desarraigo.

Desde damisela mostró una disciplina poco popular. Recibió formación comercial y llevó libros de contabilidad cuando aún no existía la profesión como hoy la entendemos. Fue, en términos prácticos, el primer “tenedor de libros” del país. Ese orden mental —metódico, riguroso— convivía con una intensa vida intelectual. Leía con voracidad y se interesó por la filosofía, el derecho y la historia, convencido de que la independencia no podía sostenerse sin pensamiento.

Su paso por el ejército haitiano, donde recibió instrucción marcial, le permitió conocer desde en el interior la estructura del poder que luego desafiaría. Esa experiencia fue esencia para entender que la libramiento no se lograría solo con armas, sino con estructura y formación política. De ahí nace La Trinitaria, sociedad clandestina fundada en 1838, que combinó conspiración, pedagogía y logística.

Duarte no fue solamente conspirador. Fue todavía avezado. En La Atarazana, espacio vinculado a la vida marcial y portuaria de la ciudad, enseñaba esgrima, pero no se detenía ahí. A sus seguidores les hablaba de historia, de principios, de derechos y deberes. No estaba formando soldados; estaba formando ciudadanos. Esa afición pedagógica lo acompañó siempre y explica por qué su tesina de país era profundamente demócrata para su tiempo.

El 15 de marzo de 1844 regresó al país tras proclamarse la Independencia. La recibo fue apoteósica: cañonazos, multitudes, celebraciones. Muchos esperaban que asumiera el mando político. No ocurrió. Duarte se negó a aceptar un poder que no naciera de la voluntad popular. Esa osadía, que hoy se exalta en discursos, en su momento lo dejó marginado y delicado frente a sectores más pragmáticos —y menos escrupulosos— de la incipiente República.

Sus ideas no fueron adecuadamente recibidas por todos. Los grupos conservadores de la época lo ridiculizaban, lo llamaban soñador, inexperto, “imberbe”. Duarte conoció el descrédito, la desaire y la marginación política. No fue un héroe cómodo para su tiempo.

En lo personal, llevó una vida marcada por la renuncia. Se comprometió sentimentalmente en dos ocasiones, pero nunca llegó al nupcias. Ni él ni la mayoría de sus hermanos formaron clan propia. La causa independentista absorbió todo. Aun así, no fue un santón triste. Amaba la música y tocaba piano, guitarra y flauta. Disfrutaba la recital y, según relatos familiares, tenía la costumbre de sentarse cada tarde bajo una mata de níspero a deletrear. Incluso era un excelente bañista y solía bañarse en el río Ozama, cuando aún era un cauce expedito y vivo.

Contrario a una creencia popular, Duarte no murió en la miseria. Vivió con limitaciones, sí, pero su clan conservaba fondos en Caracas, ciudad donde pasó sus últimos primaveras y donde murió en 1876. El expatriación fue su longevo castigo, no la indigencia. Ocho primaveras a posteriori, sus restos regresaron a Santo Domingo, cerrando simbólicamente un ciclo que la política de su tiempo se empeñó en romper.

Hay un detalle final cargado de simbolismo: Duarte murió en una calle cercana a aquella donde, décadas antaño, había nacido Simón Bolívar. Dos libertadores, dos historias distintas, un mismo destino iberoamericano atravesado por la idea de confianza.

Rememorar a Duarte desde su humanidad no lo reduce; lo engrandece. Porque entender quién fue, cómo vivió y qué sacrificó permite comprender mejor la dimensión actual de su manda. No el del bronce ni el de la consigna, sino el del hombre que creyó —hasta el final— que una nación debía sostenerse en principios, aunque eso tuviera un costo personal demasiado parada.


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