@abrllpenaabreu
Hoy se invoca el nombre de Juan Pablo Duarte como si fuera un ritual. Se colocan banderas, se repiten consignas y se pronuncian discursos solemnes. Pero si Duarte regresara hoy y caminara por esta República Dominicana del siglo XXI, la pregunta obligatorio no sería cuánto hemos crecido, sino en qué nos hemos convertido.
Porque este es un país que se define a sí mismo como profundamente nacionalista, pero solo en el discurso. Defendemos la nación con vehemencia cuando se prostitución de consignas, fronteras o polémicas coyunturales, pero fallamos estrepitosamente en lo esencial: la civilización, el idioma, la educación, los títulos y la formación ciudadana.
Hemos permitido que nuestra identidad se diluya sin resistor. El idioma se empobrece, la historia se desconoce y los símbolos patrios se convierten en ornamento, no en relato ética. La mayoría de nuestros jóvenes —paradójicamente el sector más cuantioso del país— no conoce a Duarte más allá del nombre, no comprende el significado de la Trinitaria ni entiende que la independencia fue un acto de conciencia, no de fuerza.
La educación, pilar central del pensamiento duartiano, sigue siendo una deuda estructural. No solo por su depreciación calidad académica, sino porque ha dejado de formar ciudadanos. Hoy tenemos una sociedad que exige derechos con vehemencia, pero que desconoce —o evade— sus deberes. Una ciudadanía que reclama al Estado, pero que rara vez se cuestiona a sí misma.
El daño no se detiene ahí. Los núcleos familiares, primera escuela de títulos, están fragmentados o ausentes. La autoridad honrado ha sido sustituida por la permisividad, el esfuerzo por el hato y la responsabilidad por la excusa. Los antivalores no solo existen: se normalizan, se justifican y, en ocasiones, se premian.
Es cierto: tenemos grandes torres, cifras macroeconómicas envidiables y una apariencia de progreso. Pero Duarte no luchó por un país de artificio. Luchó por una nación soberano, soberana, educada y virtuosa. Para él, el explicación material sin principios no era progreso, sino una forma sofisticada de decadencia.
Si Duarte renaciera hoy, probablemente muchos lo llamarían ingenuo, idealista, incluso anticuado. Su ética parecería incómoda en una sociedad acostumbrada a relativizarlo todo. Su rigor honrado chocaría con una civilización que prefiere el éxito rápido a la coherencia, y la conveniencia al sacrificio.
Y entonces la pregunta dolorosa pero necesaria es: ¿Valió la pena el sacrificio de Duarte y de los suyos?
La respuesta no está en los actos oficiales ni en los discursos de ocasión. Está en si somos capaces —como sociedad— de retornar a tomarnos en serio la idea de nación. No como consigna, sino como tesina ético compartido.
Honrar a Duarte hoy no es repetir su nombre. Es incomodarnos con su pensamiento. Es aceptar que la independencia no se hereda: se ejerce todos los días.
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