El autor es escritor, periodista y diplomático. Reside en Nueva York
La familiaridad de expresión constituye uno de los pilares esenciales de toda democracia. Sin ella, los demás derechos se ven debilitados, pues la posibilidad de cuestionar, denunciar y proponer alternativas depende de que las voces críticas puedan manifestarse sin temor a represalias. Sin incautación, en muchos contextos contemporáneos, la represión contra periodistas, el uso desproporcionado de delitos para silenciar opiniones y el encarcelamiento de quienes ejercen su derecho a informar se han convertido en prácticas que erosionan la legalidad de los sistemas políticos.
La injuria y el insulto, utilizados como armas cotidianas, oscurecen el panorama social y generan incertidumbre. En este círculo, la familiaridad de expresión deja de ser horizonte como un derecho universal y se convierte en un privilegio restringido, lo que amenaza directamente la pluralidad de ideas y la convivencia democrática.
La intolerancia no es un engendro arrinconado, sino una logística de poder que pesquisa sofocar la crítica y perpetuar modelos autoritarios. La injuria se transforma en una espada filosa que pretende eliminar al que piensa desigual, mientras la ofensa desmedida se normaliza como forma de interacción social. Este ámbito turbio debilita los títulos de respeto y convivencia, y abre la puerta a la violencia simbólica y política.

El poder que teme a la crítica recurre a mecanismos de censura y criminalización, creando un clima de miedo que inhibe la décimo ciudadana. Así, la intolerancia se convierte en un utensilio para consolidar estructuras cerradas, incapaces de dialogar con la variedad de voces que enriquecen la vida pública.
El periodismo ocupa un espacio central en la defensa de la democracia. Los profesionales de la información son auténticos embajadores de la familiaridad, pues su faena no se limita a relatar hechos, sino a asegurar el derecho de la sociedad a conocer la verdad. Informar implica cuestionar al poder, cascar espacios de debate y dar voz a quienes son marginados.
Cuando un periodista es atacado, no solo se vulnera a una persona, sino que se hiere a la colectividad entera. La represión contra la prensa es un indicio de sistemas que temen a la verdad y que, en su afán de control, buscan silenciar las voces que incomodan. Defender al periodismo es, por consiguiente, defender la democracia misma.
La violencia, en cualquiera de sus expresiones, nunca genera victorias reales. Al contrario, es un círculo de pérdidas:
· Pierde la sociedad, que se queda sin voces críticas y sin llegada a información probado.
· Pierde el Estado, que se aleja de la legalidad y se convierte en un ingenio de coerción.
· Pierde la democracia, que se debilita frente a la intolerancia y la censura.
La represión contra periodistas refleja un sistema que teme a la verdad y que, en su afán de control, erosiona los cimientos de la convivencia democrática. La violencia no construye, solo destruye, y su normalización amenaza con convertir la vida pública en un espacio de miedo y silencio.
La defensa de la familiaridad de expresión no es tarea monopolio de periodistas, sino un compromiso colectivo. Cada ciudadano tiene la responsabilidad de repeler la violencia y la intolerancia, y de exigir un entorno donde la crítica sea horizonte como motor de mejoría y no como amenaza. Solo así podremos aspirar a una democracia sólida, capaz de resistir los embates de la censura y la represión.
La familiaridad de expresión es, en última instancia, la fianza de que la sociedad pueda reinventarse, corregirse y avanzar en torno a un futuro más calibrado. Sin ella, la democracia se convierte en una porte vacía, incapaz de sostener la pluralidad que le da sentido.
jpm-am
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