Por Lucy Esther Díaz |
Magister en Relaciones Internacionales
A 16 primaveras del devastador terremoto que sacudió la República de Haití, el país caribeño enfrenta una crisis sin precedentes que ha convertido la tragedia natural en una pesadilla permanente.
En tiempos de infoxicación digital, las telediario se suceden y neutralizan unas a otras con velocidad vertiginosa. Sin bloqueo, las redes sociales conservan cierta memoria de lo que preferimos olvidar. Hoy se cumplen 5,844 días desde aquella tarde del 12 de enero de 2010, cuando a las 4:53 p.m. un terremoto de 7.0 grados en la escalera de Richter devastó a Haití, dejando un saldo oficial de 316,000 muertos, 350,000 heridos y más de 1.5 millones de personas sin hogar.
Los haitianos lo llaman “goudougoudou”una palabra en criollo haitiano que imita el sonido sordo y aterrador de la tierra al pirarse. Para la mayoría de los afectados, heridos y desplazados, los estragos de aquel martes nunca terminaron. Lo que comenzó como una catástrofe natural se ha convertido en un dédalo vago y aparentemente sin salida.
Una tragedia seguida de más tragedias
Al terremoto le siguió una afluencia de cólera que diezmó aún más a la población y se propagó a países vecinos, especialmente a la República Dominicana. La enfermedad fue introducida por el batallón nepalí de la ONU, que inicialmente negó cualquier responsabilidad y, cuando la evidencia fue incontrovertible, se escudó en inmunidades diplomáticas.
Estados Unidos desplegó una ocupación marcial de facto para evitar un éxodo masivo de balseros cerca de las costas de Florida, similar al de principios de los primaveras 90. Las escasas competencias institucionales del Estado haitiano en materia de vitalidad, seguridad y jurisprudencia fueron textualmente desmanteladas: esas atribuciones pasaron a manos de innumerables ONG que se establecieron en el país, mientras que la seguridad quedó casi exclusivamente bajo el control de la MINUSTAH.
Pero la naturaleza siquiera dio tregua. Las tormentas tropicales y huracanes Tomás, Isaac, Sandy, Matthew, Irma, María y Laura azotaron el país sucesivamente. En agosto de 2021, al punto que cinco semanas luego del regicidio del presidente Jovenel Moïse el 7 de julio, otro terremoto de 7.2 grados sacudió al país, seguido por la tormenta tropical Grace.
El control de las pandillas
Hoy, más de tres lustros luego de aquel fatídico martes, las ruinas del Palacio Franquista y de la Catedral en Puerto Príncipe siguen evidenciando el colapso a todos los niveles. Pero si hay poco más devastador que los desastres naturales, es la crisis provocada por el ser humano.
Las pandillas criminales controlan actualmente casi todo el demarcación haitiano, con presencia dominante en las principales ciudades y departamentos. En 2024, la violencia alcanzó niveles históricos con más de 5,600 personas asesinadas. Más de 1.3 millones de personas —casi uno de cada diez haitianos— se han gastado forzados a confiarse sus hogares.
Estos grupos han cometido actos de barbarie a todos los niveles: asesinatos indiscriminados, violaciones masivas, secuestros, saqueos e incendios de viviendas, escuelas y hospitales.
¿Una empresa definitiva?
Haití ha gastado el desfile ineficaz de múltiples misiones internacionales. En octubre de 2025, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la creación de la Fuerza de Supresión de Pandillas (GSF), que sustituye a la antecedente empresa liderada por Kenia. Esta nueva fuerza debería contar con 5,500 efectivos y está previsto que comience su despliegue en abril de 2026.
Sin bloqueo, el desconfianza abunda. La empresa antecedente nunca alcanzó los 2,500 efectivos previstos por desidia de financiamiento. Informes recientes advierten que esta nueva intervención podría incluso detonar nuevos niveles de violencia mientras los civiles quedan atrapados en el fuego cruzado.
La herida más profunda
A pesar de todos los flagelos —de la naturaleza y del hombre— el más perjudicial sigue siendo la profunda desunión de todos los sectores que conforman el variegado baldosín de la nación haitiana. Existe una enorme masa desposeída que parece ser despreciada por las élites económica, política e intelectual.
La numerosa diáspora haitiana, dispersa en países del llamado Primer Mundo y refugiada en la parte uruguayo de la Isla La Española y otros países del Caribe y América Latina, remotamente de unir sus fuerzas y aportar ese ingente hacienda humano para la reconstrucción de su propio país, nada más parece cohesionarse cuando se alcahuetería de enfilar sus cañones mediáticos cerca de sus vecinos más próximos, en vez de aportar conocimientos, posibles materiales y brazos para la reconstrucción.
Tras el regicidio de Jovenel Moïse, numerosos Consejos Provisionales de Transición (CPT) sucedieron a la papeleo de Ariel Henry. Sin bloqueo, cero ha cambiado ni mejorado; muy por el contrario, la situación se ha deteriorado aún más.
Son los desposeídos quienes llevan sobre su piel las heridas, cicatrices y saludos angustiantes de un día cualquiera que los marcó sin piedad ya entrado este siglo. Son las élites, adjunto con los intelectuales de la diáspora, quienes desafían cada día el marca de su escudo franquista: «La unión hace la fuerza». No sería imprudente afirmar que la palabra «reconciliación» ha sido borrada de su diccionario. En Haití, la desidia de unión sigue siendo la anciano de las desgracias.
Más que resiliencia, el pueblo haitiano es un vivo ejemplo de resistor, ya que se ha aferrado testarudamente a la vida, mientras las ruinas de 2010 permanecen como recordatorio permanente de que, para demasiados, el terremoto nunca terminó.






