Millones de venezolanos dispersos por Latinoamérica observan con cautela qué vendrá ahora

LIMA .- Casi inmediatamente a posteriori del ataque estadounidense a Venezuela y la captura de su presidente, empezaron a oírse voces desde Estados Unidos a Pimientopasando por Perú, que alentaban a los migrantes venezolanos a retornar a su país. A Yanelis Torres, esa idea ni se le pasó por la individuo.

La diseñadora gráfica de 22 primaveras que trabaja en el mercado textil más noble de Listón se puso a imprimir hasta 12 modelos de camisetas con fotografías del líder derrocado Nicolás Sazonado, primero hechas con inteligencia químico y luego reales, y con frases como “El mortificación cayó” o “Game over”, que sus clientes le quitaron de las manos desde el mismo día de la operación marcial.

Asentados o indocumentados, muchos de los ocho millones de venezolanos que salieron de su país en poco más de una plazo y quedaron desperdigados por toda América se muestran cautos en presencia de la idea de retornar pronto a su nación y pendientes de cada nuevo movimiento.

Razones no faltan. La crematística venezolana continúa en ruinas y, con la excepción de Sazonado y su esposa Cilia Flores, el gobierno venezolano no solo sigue en pie, sino que el estadounidense Donald Trump está trabajado con quien era la segunda al mando, Delcy Rodríguez —ahora presidenta encargada— y no con la concurso.

“Tengo muchas cosas acá”, cuenta Torres desde su pequeño recinto en un bullicioso morería de Listón. La muchacho está convencida de que se necesitará tiempo hasta que las cosas cambien. “Hay que estar ahí irresoluto, al tanto, pero no perder las esperanzas”.

La crisis que dispersó a un pueblo

Actualmente hay casi siete millones de migrantes o refugiados venezolanos en países latinoamericanos. Colombia encabeza la registro con 2,8 millones; le sigue Perú con millón y medio. Casi otro millón está en Estados Unidos, según los datos más recientes de la red R4V que coordinan el Suspensión Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados y la Ordenamiento Internacional para las Migraciones.

Unos huyeron por motivos políticos, otros por las recurrentes y cada vez más graves crisis económicas. Se estima que ocho de cada diez personas viven en la pobreza en un país que ayer fue uno de los más ricos de América Latina porque tiene las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo.

Algunos consiguieron trabajo o iniciaron pequeños negocios. Otros fueron moviéndose de un país a otro o siguieron ruta en dirección a “el sueño hispanoamericano”. Pero en el posterior año, unos empezaron a moverse de nuevo en dirección a el sur, miles que llegaron a Estados Unidos fueron deportados a su país o a terceros y muchos más podrían valer la misma suerte porque Trump retiró el status de protección temporal que les había concedido.

Eduardo Constante, de 36 primaveras, fue uno de los que salió “en plena crisis de hambruna”, en 2017, cuando la éxodo comenzó a crecer exponencialmente.

Desde un albergue en Monterrey, en el boreal de México, recordaba esta semana su periplo por América Latina.

Estuvo tres meses en una Colombia “colapsada” por la cantidad de migrantes; tres primaveras en Perú, de donde salió porque en pandemia le negaron la vacuna y “había mucha racismo”. De ahí, otros tres primaveras en Pimiento, donde se le complicó regularizar su situación; y luego la gran ruta en dirección a Estados Unidos por tierra, cruzando la peligrosa selva del Darién, Centroamérica y México, que acabó cuando Trump “ cerró la frontera ”.

“Tenía planes en Europa, pero si se acomoda la cosa en Venezuela, me voy a Venezuela”, dijo, aunque todavía tiene sentimientos encontrados de alegría y preocupación por toda su comunidad que se quedó allá y con quienes no puede comunicarse mucho. “Revisan los teléfonos a la multitud para ver quien está en contra del gobierno…están asustados por la escasez de comida”, hay mucha multitud armada, dijo.

Estos miedos se repiten por toda la región, adjunto a las esperanzas e incertidumbres sobre el futuro inmediato.

“Estamos muy allí de tener un país en el que las personas que huyeron… se sientan cómodas para retornar ”, dijo Maureen Meyer, vicepresidenta de WOLA, una estructura de derechos humanos para asuntos latinoamericanos con sede en Washington.

Si los venezolanos se ven obligados a desatender los países en los que se encuentran, ya sea por presiones o porque sean deportados, serán aún más vulnerables sobre todo porque el crimen organizado que ganaba millones con el productivo negocio del tráfico de migrantes, ahora disminuido, buscará aprovecharse de ellos de cualquier otra forma.

Yohanisleska de Nazareth Márquez, de 22 primaveras, fue deportada desde Estados Unidos el 1 de enero con su hijo de 3 primaveras. Hace casi dos que salió de Venezuela y año y medio que se entregó con el inmaduro a la Patrulla Fronteriza. No pudo regularizar su situación en Estados Unidos y el pasado diciembre fue detenida por agentes de inmigración en Pensilvania.

La nota de la captura de Maduró le llegó mientras era trasladada en un autobús del boreal al sur de México con otros deportados. “Todo el mundo pegamos gritos de alegría… era lo que todos queríamos”, dice, aunque teme por su comunidad y toda la incertidumbre coetáneo.

La crisis que dispersó a un pueblo

Actualmente hay casi siete millones de migrantes o refugiados venezolanos en países latinoamericanos. Colombia encabeza la registro con 2,8 millones; le sigue Perú con millón y medio. Casi otro millón está en Estados Unidos, según los datos más recientes de la red R4V que coordinan el Suspensión Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados y la Ordenamiento Internacional para las Migraciones.

Unos huyeron por motivos políticos, otros por las recurrentes y cada vez más graves crisis económicas. Se estima que ocho de cada diez personas viven en la pobreza en un país que ayer fue uno de los más ricos de América Latina porque tiene las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo.

Algunos consiguieron trabajo o iniciaron pequeños negocios. Otros fueron moviéndose de un país a otro o siguieron ruta en dirección a “el sueño hispanoamericano”. Pero en el posterior año, unos empezaron a moverse de nuevo en dirección a el sur, miles que llegaron a Estados Unidos fueron deportados a su país o a terceros y muchos más podrían valer la misma suerte porque Trump retiró el status de protección temporal que les había concedido.

Eduardo Constante, de 36 primaveras, fue uno de los que salió “en plena crisis de hambruna”, en 2017, cuando la éxodo comenzó a crecer exponencialmente.

Desde un albergue en Monterrey, en el boreal de México, recordaba esta semana su periplo por América Latina.

Estuvo tres meses en una Colombia “colapsada” por la cantidad de migrantes; tres primaveras en Perú, de donde salió porque en pandemia le negaron la vacuna y “había mucha racismo”. De ahí, otros tres primaveras en Pimiento, donde se le complicó regularizar su situación; y luego la gran ruta en dirección a Estados Unidos por tierra, cruzando la peligrosa selva del Darién, Centroamérica y México, que acabó cuando Trump “ cerró la frontera ”.

“Tenía planes en Europa, pero si se acomoda la cosa en Venezuela, me voy a Venezuela”, dijo, aunque todavía tiene sentimientos encontrados de alegría y preocupación por toda su comunidad que se quedó allá y con quienes no puede comunicarse mucho. “Revisan los teléfonos a la multitud para ver quien está en contra del gobierno…están asustados por la escasez de comida”, hay mucha multitud armada, dijo.

Estos miedos se repiten por toda la región, adjunto a las esperanzas e incertidumbres sobre el futuro inmediato.

“Estamos muy allí de tener un país en el que las personas que huyeron… se sientan cómodas para retornar ”, dijo Maureen Meyer, vicepresidenta de WOLA, una estructura de derechos humanos para asuntos latinoamericanos con sede en Washington.

Si los venezolanos se ven obligados a desatender los países en los que se encuentran, ya sea por presiones o porque sean deportados, serán aún más vulnerables sobre todo porque el crimen organizado que ganaba millones con el productivo negocio del tráfico de migrantes, ahora disminuido, buscará aprovecharse de ellos de cualquier otra forma.

Yohanisleska de Nazareth Márquez, de 22 primaveras, fue deportada desde Estados Unidos el 1 de enero con su hijo de 3 primaveras. Hace casi dos que salió de Venezuela y año y medio que se entregó con el inmaduro a la Patrulla Fronteriza. No pudo regularizar su situación en Estados Unidos y el pasado diciembre fue detenida por agentes de inmigración en Pensilvania.

La nota de la captura de Maduró le llegó mientras era trasladada en un autobús del boreal al sur de México con otros deportados. “Todo el mundo pegamos gritos de alegría… era lo que todos queríamos”, dice, aunque teme por su comunidad y toda la incertidumbre coetáneo.

Quiere averiguar trabajo en México y pedir inclusa pero está preocupada. No sabe cuánto tiempo podrá quedarse en el albergue y escuchó que secuestran a migrantes en la zona. “Tengo miedo de quedarme en la calle con mi hijo sola. Aquí es un poco peligroso”.

En torno a personas como ella, que están fuera de sus países y no tienen una situación migratoria regular, puede estar formándose una peligrosa “tormenta perfecta”, alertó Meyer.

Libranza político regional

El panorama siquiera parece muy lisonjero en países donde avanza la retórica anti-inmigrante.

“Les quedan 63 días para dejar nuestro país y tener la posibilidad de retornar con todos sus papeles en regla”, dijo esta semana el presidente electo de Pimiento, José Antonio Kast, que ganó los comicios con un discurso de mano dura contra el narcotráfico y la inmigración al más puro estilo Trump: muros, zanjas en la frontera y la salida de todos los indocumentados.

Perú y Colombia todavía tienen elecciones presidenciales en los próximos meses y la inmigración será uno de los temas centrales.

Esta semana, Kast se reunió con el presidente eventual de Perú, José Jerí, y entre las ideas que uno y otro mencionaron estaba la posible creación de una especie de corredor humanitario entre Pimiento, Perú y Ecuador para entregar el regreso de los venezolanos a su país.

“La modo en la que estos grandes países de acogida decidan replicar a la población (venezolana) que ya está en su país y a la que pueda asistir será secreto”, afirmó Meyer.

En la “Pequeña Caracas”, un radio de ocho cuadras del centro de Santiago de Pimiento llena rascacielos —los ’guetos verticales”regresó esta semana cierta tranquilidad a posteriori de los festejos por la captura de Sazonado a ritmo de bocinazos, gritos y reggaetón.

Alexander Amigo, de 66 primaveras, retomó la cesión de helados caseros harto de esperanza. Llegó a Santiago adjunto a su esposa en 2018, a posteriori de ver fragmentarse su comunidad: unos huyeron a Estados Unidos, otros a Europa, cuatro hermanos se quedaron en Venezuela. Sueña con regresar.

“No será este año, pero será el año que viene”, confía bajo un sol abrasador. “Esa es la aspiración de todos, que se arregle el país”. Y para eso, se necesitará el apoyo de Trump, afirma.

Otros en situación más precaria siquiera piensan en irse. Yessica Mendoza, conductora de Uber de 27 primaveras y con un hijo de cuatro, sabe que al no tener documentos está en la mira de Kast pero asegura que “retornar no es una opción”.

Dudas y esperanzas

En las calles colombianas, las conversaciones sobre Venezuela y Trump saltan en cada arista.

El país andino es socio histórico de Estados Unidos contra el narcotráfico y su presidente, Gustavo Petro, ha pasado de ser gran socio de Sazonado e insultado y amenazado por Trump le calificó de “hombre enfermo al que le gusta hacer cocaína y venderla”— a tener sobre la mesa una invitación para presentarse la Casa Blanca y susurrar de paz en división de bombardeos.

Colombia todavía tiene la veterano comunidad de emigrantes venezolanos del continente y ha hecho serios esfuerzos para integrarlos con permisos de residencia hasta de 10 primaveras.

Santo Bruges, 54 primaveras y estable desde hace seis con su esposa y una hija en Bogotá, donde tiene un negocio de empanadas, dice estar tremendamente agradecido con su país de acogida que le ha resguardado seguridad, “techo y comida” al ganancia del color político de sus gobiernos.

El día que cayó Sazonado no celebró mínimo porque desconfía de su salida y pone como ejemplo el miedo en el que siguen viviendo sus familiares. “Retornar sería una loquera”.

De dorso en el bullicioso morería comercial de la hacienda de Perú, Torres, la diseñadora gráfica, sopesaba sus expectativas.

Hace cuatro primaveras que dejó Venezuela sólo con una pequeña maleta y confía en que llegue el momento de ocurrir temporadas largas en su país para recuperar el tiempo perdido con su comunidad.

Mientras tanto, entre muros empapelados con camisetas que hablan de lo “maravilloso” que es Perú, sigue contestando pedidos de detractores de Sazonado que le llegan por WhatsApp, siempre garantizando a cada cliente que si no tiene el diseño buscado, se lo realiza en el acto.

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