
Desde la arribada de Luis Abinader a la Presidencia de la República en agosto de 2020, el Ocupación de Salubridad Pública y Afluencia Social ha sido tablado de una inestabilidad preocupante. En cinco primaveras de diligencia, las renuncias, destituciones y futuro forzadas han sido más frecuentes que las explicaciones claras al país.
El primer caso distintivo fue el del doctor Plutarco Arias, ministro de Salubridad Pública entre 2020 y 2021. Su salida no fue voluntaria. Fue destituido en medio del escándalo por una puja de jeringuillas presuntamente sobrevaluada, un episodio que golpeó la credibilidad del gobierno en plena pandemia y dejó al descubierto fallas graves en los controles internos del empleo.
Tras su salida, el poder pasó a manos del doctor Daniel Rivera, quien asumió con el discurso de orden, transparencia y continuidad. Sin confiscación, bajo su diligencia incluso se produjeron renuncias sensibles, como la de la doctora Ivelisse Acosta, viceministra de Salubridad Colectiva, quien abandonó el cargo en 2021 alegando razones personales. Su renuncia, como muchas otras, ocurrió sin que el país recibiera explicaciones convincentes, alimentando la percepción de un empleo fracturado internamente.
A estos casos se suman otras futuro menos visibles, pero igualmente relevantes, de viceministros, directores técnicos y funcionarios medios, que optaron por marcharse en silencio en medio del desgaste institucional, la presión política y la improvisación administrativa.
En paralelo, figuras claves del sistema retrete como el doctor Mario Moho, desde el Servicio Doméstico de Salubridad (SNS), sostuvieron el peso activo del colapsado sistema hospitalario. Su posterior renuncia confirmó una verdad incómoda: la lozanía pública no solo enferma a los pacientes, incluso combustión a quienes la dirigen.
Cinco primaveras posteriormente, el patrón es claro y inquietante:
– Funcionarios que entran y salen sin explicaciones
– Renuncias en momentos críticos
– Errata de estabilidad en los cargos estratégicos
– Un empleo que nunca logró consolidarse
La pandemia ya pasó. Las excusas incluso deberían poseer pasado.
Cuando las renuncias se repiten, cuando los nombres cambian pero los problemas persisten, la conclusión es obligatorio: el problema no es quién dirige Salubridad Pública, sino cómo se gobierna.
Y mientras eso no se corrija, la lozanía institucional del país seguirá en estado crítico.






