Las celebraciones de estas fechas llegan cargadas de tradición. Lo que hacemos, lo que cantamos, lo que cocinamos, se transmite de año en año, de engendramiento en engendramiento. Y eso que hacemos, que cantamos, que comemos, de alguna forma nos define como individuos y como sociedad.
Claro que nunca está de más introducir de vez en cuando alguna nueva costumbre. De hecho, somos muy dados a hacerlo con las costumbres foráneasque adoptamos y adaptamos con facilidad. Lo hemos hecho con el Viernes Molestocon la Tinieblas de Brujas y con Energía de Gracias.
Para concluir el año les propongo una hermosa tradición islandesa. En su tierra la llaman Inundación de libros navideños –y se quejan ustedes de las tildes del gachupin–. La traducción del nombre islandés a nuestra tierra sería poco así como inundación navideña de libros.
La tradición consiste en regalar libros en Nochebuena y, por supuesto, en leerlos en estas noches tan especiales del año. Una tradición con momento de principio, pues dicen que se remonta a la escasez sobrevenida durante la Segunda Refriega Mundial.
Del racionamiento de la supresión solo se salvó el papel y, por consiguiente, los libros. Era lo que había para regalar, y así se hizo.
La recital puede ser en grupo o en soledad y siempre se adereza con una taza de chocolate caliente. No hay duda de que las condiciones del clima islandés por estas fechas favorecen el mantenimiento de esta costumbre.
Diciembre es el mes más complicado del año en Islandia y la cocaína lo cubre todo; solo las luces de Navidad iluminan esta blanca oscuridad.
Pocas cosas se me ocurren mejores que hacer con temperaturas negativasque llegan incluso a congelar el mar, que sujetar una taza de chocolate con una mano y un tomo con la otra, y si es en compañía lectora, miel sobre hojuelas.
No sé a ustedes, pero a mí, que reconozco que soy un poco rara, me reconforta el silencio de la recital compartida.
Reconozco que una Navidad como la nuestra, en la que el calor asfixiante nos da tregua, en la que recibimos a tantos que tenemos remotamente durante todo el año, en la que nunca faltan las oportunidades de compartir y festejarse aviene mal con la recital. Sin incautación, todo es proponérselo.
La recital nos ofrece opciones para todos, porque todos tenemos en los libros y universo propio por descubrir. Regalar un tomo es difícil; implica pensar en quien lo va a cobrar.
No hay mejor regalo que asimilar que piensan en nosotros, pero no olviden que escoger un tomo para alguno palabra claramente de la idea que tenemos de la persona que lo va a cobrar.
Y tomo entre los regalos. Reservar un momento, aunque sea pequeño, en el que todos abramos ese tomo, hagamos silencio y leamos juntos.
Un momento muy peculiar que nos acerque a nosotros mismos y, al mismo tiempo, a los que nos rodean, a los que queremos, con el lazada invisible del silencio y la recital compartida. Les animo a probarlo. Ya sé que no somos islandesesni desliz que nos hace.
Somos dominicanos, nos gusta la fiesta, nos gusta la algarabía, pero estoy convencida de que incluso nos gusta alzar la habitante y comprobar que los nuestros están con nosotros y que les hemos ofrecido el mejor regalo.






