Del pesebre a la sala de partos: fe, historia y ciencia en la construcción del parto seguro

Yotin Pérez | Foto: Fuente externa

“Y aconteció que, estando ellos allí, se cumplieron los días de su parto.” (Lucas 2:6)

Parir no siempre fue homólogo de vida. Durante la longevo parte de la historia humana, el inicio estuvo rodeado de incertidumbre, dolor y una probabilidad auténtico de asesinato materna. El relato bíblico del inicio de Jesús, ocurrido fuera de una posada, en condiciones improvisadas y sin público médica, no representa una imagen inusual desde el punto de panorámica histórico. Al contrario, refleja con fidelidad cómo parían millones de mujeres en el mundo antiguo: en el hogar, sin higiene, sin bienes y sostenidas más por la fe que por la ciencia.

La propia Sagrada Escritura da cuenta de esa fragilidad. En el Principio se narra la asesinato de Raquel durante el parto, en el camino entre Betel y Efrata (Nacimiento):

“Y aconteció que al salir su alma —pues murió— llamó su nombre Benoni… y murió Raquel” (Principio 35:18–19).

El texto es sobrio, casi seco, porque la asesinato materna no era una anomalía: era una posibilidad conocida, socialmente asumida y tristemente frecuente.

En tiempos bíblicos, el parto era un evento doméstico y profundamente afeminado. Las mujeres parían acompañadas por otras mujeres, generalmente parteras empíricas cuya experiencia se transmitía de gestación en gestación. El Antiguo Testamento menciona a Sifrá y Puá, parteras hebreas cuya punto fue tan relevante que incluso desobedecieron órdenes reales para proteger la vida (Éxodo 1:15–17). Su papel era esencial, pero sus herramientas eran limitadas. No existía comprensión de la infección, de la hemorragia obstétrica, del parto obstruido ni de la carencia de intervenir cuando la fisiología fallaba. El cuerpo resistía… o no.

El dolor y el peligro formaban parte del situación cultural del parto. “Con dolor darás a luz los hijos” (Principio 3:16) fue interpretado durante siglos no solo como una descripción, sino como una explicación del sufrimiento obstétrico. No había analgesia, ni cirugía segura, ni antibióticos. La fe acompañaba al parto porque no existía otra red de protección.

Las cifras históricas permiten dimensionar esa sinceridad. Ayer del siglo XVIII, la mortalidad materna se estimaba entre una y dos muertes por cada cien partos. Acumulado a lo abundante de la vida reproductiva, esto significaba que muchas mujeres morían jóvenes como consecuencia directa del turbación y el parto. La asesinato materna no era panorámica como una error del sistema: era parte del sistema.

Durante la Permanencia Media y la modernidad temprana, el proscenio cambió poco. El parto siguió siendo domiciliario y asistido por parteras. Cuando la medicina académica comenzó a intervenir con longevo frecuencia, lo hizo sin comprender aún los principios básicos de la higiene. Paradójicamente, el traslado del parto a hospitales incrementó la mortalidad en algunos contextos. La fiebre puerperal devastó maternidades enteras. Dar a luz bajo techo institucional podía ser más peligroso que hacerlo en casa.

La cesárea, hoy tan debatida, tuvo durante siglos un significado radicalmente dispar. No nació como una alternativa para guardar a la superiora, sino como un acto extremo, muchas veces practicado a posteriori de su asesinato, con fines legales o religiosos. La primera cesárea documentada con supervivencia materna suele atribuirse a Jakob Nufer, más o menos del año 1500, pero fue una excepción aislada. Durante siglos, la cesárea fue homólogo de altísima mortalidad.

El serio cambio llegó cuando la ciencia entró de harto en la sala de partos. La comienzo de la asepsia, impulsada por Semmelweis y consolidada después por Lister, transformó el pronóstico del parto institucional. La narcótico y la analgesia obstétrica liberaron a las mujeres del sufrimiento extremo. A finales del siglo XIX, la sutura uterina sistemática permitió controlar el sangría y hacer la cesárea técnicamente viable. En el siglo XX, los antibióticos y la transfusión sanguínea terminaron de cambiar la historia.

En menos de cien primaveras, la mortalidad materna descendió de cifras superiores a 800–1,000 muertes por cada 100,000 nacidos vivos a menos de 20 en muchos países. Este descenso no fue producto del azar ni de la “ciudadanía” del parto, sino de la intervención consciente del conocimiento médico, de la ordenamiento de los servicios de salubridad y de la toma de decisiones oportunas.

Hoy el parto sigue siendo un proceso fisiológico, pero ocurre internamente de un situación de vigilancia, anticipación y respuesta. El monitoreo fetal, el manejo activo del parto, la analgesia y la cesárea oportuna no niegan la naturaleza del parto: la protegen. Idealizar el parto del pasado es desconocer que durante siglos parir fue una de las principales causas de asesinato en mujeres jóvenes.

La cesárea moderna representa una de las mayores conquistas de la obstetricia. Humanizarla no significa banalizarla ni oponerla al parto vaginal, sino comprender su serio sentido histórico y ético. La cesárea humanizada es aquella que se practica cuando la biología deja de ser segura, con técnica, con analgesia, con asepsia, con antibióticos y con respeto por la mujer. Para muchas madres, no fue una derrota, sino la frontera que separó la vida de la asesinato.

El pesebre donde nació Jesús no es un maniquí obstétrico. Es un recordatorio de la fragilidad humana ayer de la ciencia. Si hoy una mujer puede parir y retornar a casa con su hijo en brazos, no es por romanticismo ni por nostalgia del pasado. Es porque la obstetricia decidió que la vida materna importaba y convirtió el parto —y además la cesárea— en actos cada vez más seguros y profundamente humanos.

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