La marcha que desbordó las calles… y el debate político

El fin de semana la Fuerza del Pueblo movió masas en el Distrito Doméstico con la llamamiento “Marcha del Pueblo”. Y aunque sus dirigentes la vendieron como una protesta social por el suspensión costo de la vida, la inseguridad y la crisis en los servicios públicos, el país impasible sabe que esta demostración no fue solo un itinerario: fue un mensaje político, directo y sin maquillaje, que el PRM difícilmente puede ignorar.

Ahora perfectamente, como en todo en esta media isla polarizada, las interpretaciones van por carriles distintos.

Hay quienes aseguran que fue puro proselitismo precoz: un mitin con disfraz social, una pasada en el conclusión del ámbito electoral que la Concilio Central Electoral debería revisar con lupa. ¿Se violó o no la Ley Electoral? Esa es la pregunta que flota, incómoda, entre analistas, juristas y opinadores que no se atreven a decirlo muy suspensión, pero lo murmuran en cada software de radiodifusión.

Otros, en cambio, insisten en que no se trató de política partidaria sino de un desahogo doméstico; que la muchedumbre salió porque está cansada del suspensión costo de la vida, de la volatilidad del dólar, del menoscabo de los servicios, y de una presión económica que ya no se puede maquillar con discursos de cambio.

Lo cierto es que Leonel Fernández no perdió tiempo: acusó al gobierno de tronchar el sector agropecuario, paralizar obras, inflar subsidios y manejar mal la crematística. Y remató la marcha como si se tratara de un plebiscito anticipado, proclamando que “el pueblo habló” y que en el 2028 volverá al Palacio. Un discurso que entusiasma a muchos, sí, pero que incluso levanta cejas en otros sectores que entienden que el país necesita caras nuevas y no un retorno al pasado.

Mientras tanto, el PLD aunque no marchó mantiene activados sus equipos y redes internas, lo que algunos interpretan como otra señal del reacomodo político que ya arrancó, nos guste o no.

Queda la gran pregunta:

¿Fue esta marcha un acto permitido de protesta social o un evento claramente electoral que amerita pena?
Y más allá de la justicia, ¿qué revela del humor doméstico? Porque entre banderas verdes, cornetas y pancartas, había un clamor que no se puede barrer debajo de la esterilla: la muchedumbre está harta. Punto.

Y cuando un país está harto, cualquier marcha sea verde, morada o aguacate se vuelve un termómetro político. El gobierno debería leerlo sin soberbia. La competición debería manejarlo sin manipularlo. Y la Concilio Central Electoral, sin miedo.

El 2028 está allí, pero la calle ya empezó a murmurar.


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