Duarte nunca contrajo nupcias. Ferviente militante de sus ideas independentistas, el patricio dedicó su vida a la construcción de la República Dominicana, plan doméstico que era indiscutiblemente su idilio y desvelo.
Perseguido, apresado, desterrado, ultrajado, empobrecido y vilipendiado exponencialmente, el fundador de la nación sólo tuvo espacio en su corazón para el incipiente Estado Dominicano, el cual desde sus inicios presentó innumerables problemas y dificultades, sumado a esto, las innumerables traiciones que fueron ocurriendo en el decurso de los acontecimientos.
Los Duarte no parecían proclive al casamiento, y solamente el hermano viejo del prócer, Vicente Celestino, procreó una tribu, desde donde salió el escritor venezolano Crispín Ayala Duarte. Su otro hermano Manuel murió soltero. Sus hermanas Filomena y Francisca nunca llegaron a casarse; y como si el espantajo del celibato los persiguiera, al novio de Rosa Duarte, Tomás de la Concha, lo fusilaron en El Seibo el 11 de abril del 1855.
Sin incautación, en su pubertad el fundador de la dominicanidad tuvo dos romances, los cuales coronó con sendos anillos de compromiso, históricas sortijas que se convirtieron en la chispa de sus amores platónicos, romance que ni el tiempo pudo borrar. María Antonia Bobadilla y Prudencia Lluberes fueron «flechadas por el cupido» enamorándose tan perdidamente del padre de la pueblo, como si él representara su luz en la oscuridad.
La Nona —Como le llamaba Duarte a Lluberes— vio sobrevenir frente a su casa el muerto de su interminable amado, el fundador de la Trinitaria.
Hermana del común Félix Mariano Lluberes, y constante en su inquebrantable obsesión amorosa por el Primer Dominicano, en 1888, cuando ya se encontraba navegando por las frías aguas de la senectud, La Nona exclamó delante una pintura de Duarte: «¡Ese es Juan Pablo; está hablando!».






