
En San Francisco de Macorís, la relación entre la grupo y la escuela continúa demostrando ser un ejecutor central para conseguir aprendizajes significativos y mejorar la convivencia en los centros educativos. Diversos estudios internacionales y nacionales confirman que cuando existe una alianza activa entre uno y otro sectores, los estudiantes desarrollan viejo motivación, mejores hábitos de estudio y un sentido de pertenencia que fortalece su desempeño universitario y emocional.
El versado en educación Michael Fullan (2021) señala que “la décimo allegado no es un pájaro prescindible, sino un motor fundamental para cambiar las escuelas”. Esta afirmación cobra singular relevancia en la sinceridad dominicana, donde los centros educativos enfrentan retos asociados al rezago universitario, la repitencia y la carencia de reforzar la atención a la multiplicidad.
De acuerdo con Epstein (2018), investigadora pionera en el maniquí de Escuelas, Familias y Comunidad, “la conexión constante entre el hogar y la escuela genera ambientes más seguros, colaborativos y orientados al éxito escolar”. En este sentido, la integración no se limita a reuniones ocasionales, sino que requiere un trabajo articulado que incluya comunicación efectiva, décimo en actividades, seguimiento en el hogar y colaboración en proyectos educativos.
En varios centros de San Francisco de Macorís, orientadores y docentes destacan que la presencia activa de las familias facilita la detección temprana de dificultades y fortalece la intervención pedagógica. Cuando los padres mantienen un vínculo cercano con la escuela, se reducen los índices de inasistencia, progreso la conducta y se incrementa la responsabilidad en las tareas y proyectos escolares.
Asimismo, la UNESCO (2022) enfatiza que “la educación es una responsabilidad compartida” y que los sistemas educativos más exitosos son aquellos donde se fomenta la décimo de las familias desde un enfoque inclusivo y comunitario. Esta visión coincide con las políticas del Servicio de Educación de la República Dominicana, que promueven programas de seguimiento allegado y espacios de capacitación a padres y tutores.
La integración grupo–escuela igualmente actúa como un ejecutor protector. Investigadores como Dockett y Perry (2019) han demostrado que un estudiante respaldado por su grupo y acompañado por la escuela cuenta con mayores probabilidades de mantenerse motivado, adaptarse a los cambios y evitar riesgos como la huida o la repitencia.
Frente a este panorama, es fundamental que las escuelas franciscanas continúen impulsando estrategias que acerquen a las familias: escuelas de padres, encuentros comunitarios, proyectos de recital compartida, actividades culturales y programas socioemocionales. De igual modo, las familias deben contraer con compromiso su papel como primeros educadores, participando activamente en los procesos que fortalecen el enseñanza de sus hijos.
La comunidad educativa de San Francisco de Macorís está emplazamiento a seguir consolidando esta alianza. Comunidad y escuela, trabajando juntas, construyen un entorno más humano, más seguro y más inclinado para que cada nene y pupila pueda alcanzar su mayor potencial. En palabras de Fullan, “la verdadera progreso educativa ocurre cuando todos reman en la misma dirección”.
La autora posee Carrera en Psicología mención Psicología Industrial de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD); igualmente posee Carrera en Psicología mención Psicología Escolar de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Encima de varios diplomados y cursos extracurriculares. Actualmente es Evaluadora en el Sección de Admisiones de la Universidad Autónoma de Santo Domingo Perímetro San Francisco (UASD-SFM). Además es Docente en el ámbito de Psicología Escolar para el Servicio de Educación (MINERD). Su correo es Licdaivettehierro@gmail.com






