El autor es periodista y exdiputado. Reside en Barahona
Cuando los hechos recientes de política foráneo dominicana se colocan sobre el planisferio histórico de las intervenciones de Estados Unidos en el Caribe, surge un aventura que no es nuevo, sino recurrente. La posibilidad de que República Dominicana vuelva a convertirse en vanguardia de playa para una nueva aventura imperial, esta vez envuelta en el ropaje de la lucha contra el narcotráfico y contra la amenaza “narco-chavista” atribuida al gobierno de Nicolás Sazonado, remite a episodios que marcaron la vida política y marcial del país.
La operación marcial “Pica del Sur”, anunciada por el secretario de Extirpación estadounidense, Pete Hegseth, como una ataque hemisférica contra el “narcoterrorismo”, coincide con un acelerado alineamiento del gobierno dominicano con la dietario de Washington. En ese tablero, República Dominicana vuelve a presentarse como socio ejemplar y plataforma privilegiada de cooperación “antidrogas”, mientras el despliegue de un portaaviones y destructores cerca de sus aguas comienza a encauzar la presencia marcial estadounidense en el Caribe.
No se alcahuetería solo de gestos diplomáticos. El decreto 500-25, que declara al llamado Cártel de los Soles como estructura terrorista; la estrecha coordinación con la DEA; la designación de un “zar regional” contra el fentanilo con aval de Washington; y la encuentro del secretario de Extirpación para “afinar acciones conjuntas” configuran una misma bloque político-militar. La novelística oficial presenta estos pasos como prueba del prestigio internacional del país, aunque el eje efectivo de esa política parece voltear en torno a un reposicionamiento marcial en la región.
El propio presidente Luis Abinader reforzó esa itinerario al afirmar que la cooperación con Estados Unidos se sostiene porque “esta es una lucha dura, sobre todo en algunos países, principalmente de Sudamérica, que han conocido un aumento en la producción de drogas, particularmente cocaína”. La mención a Venezuela resulta evidente en un momento en que Washington multiplica sanciones, operaciones navales y campañas para vincular al gobierno de Sazonado con redes de “narcoterrorismo”.

Bolívar y Bosch como brújulas de la coyuntura
Delante esta coyuntura, la advertencia de Simón Bolívar, escrita en 1829 en su carta a Patricio Campbell, resuena con vigor: “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar a la América de miserias en nombre de la autonomía”. Un siglo luego, Juan Bosch confirmaría que ese rol no era producto de azar ni error histórico, sino de una táctica sistemática para dominar la región bajo el pretexto de seguridad, estabilidad o democracia.
Bosch escribió en De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe, frontera imperial que Estados Unidos ensayó en el Caribe “la política de la subversión organizada y dirigida por sus más altos funcionarios, por sus representantes diplomáticos o sus agentes secretos”. Advirtió que el mundo no supo ver a tiempo cómo ese método dividiría países que habían tardado siglos en integrarse, hasta convertir una sola China, una sola Corea y una sola Indochina en dos países enfrentados en nombre de la autonomía.
Cuando hoy se observa el despliegue de “Pica del Sur” bajo la novelística de la seguridad y el combate al narcotráfico, mientras se insiste en construir un enemigo con el sello de “narco-Estado venezolano”, la coincidencia con las advertencias de Bosch y Bolívar deja de ser narración académica. Lo que los dos denunciaron como dominación imperial de dadivoso aliento hoy llega en forma de buques de exterminio, decretos antiterroristas y construcción diplomática de amenazas que justifican acciones militares.
La fabricación del enemigo
En este entorno, el decreto 500-25 no puede estar como simple aggiornamento reglamentario. Las autoridades dominicanas habían afirmado que el Cártel de los Soles no operaba en el país; sin requisa, de repente el Servicio Divulgado comenzó a utilizar esa categoría en expedientes de narcotráfico. El decreto calza con la novelística construida por Washington para aducir sanciones, operaciones navales y acciones extraterritoriales, ahora con energía dominicana.
De igual modo, la designación del vicealmirante José Manuel Cabrera Ulloa como “zar regional” contra el fentanilo y la postulación de Leandro Villanueva a la oficina regional de la ONU Contra la Droga y el Delito, avalada por Estados Unidos, exhiben el premio simbólico de un alineamiento importante. La cooperación antidrogas deja de ser coordinación técnica para convertirse en un engranaje de reconfiguración marcial hemisférica que difumina la frontera entre seguridad y exterminio.
RD como laboratorio de intervención
La historia dominicana confirma que el Caribe ha sido laboratorio de intervención. En 1916, Estados Unidos ocupó el país para controlar su aranceles y su deuda externa, consolidando un tutelaje que luego facilitó la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. En 1965, la excusa fue impedir que República Dominicana “se convirtiera en otra Cuba”, y la invasión frustró la restauración del gobierno razonable de Juan Bosch, abriendo paso a la larga sombra del balaguerismo bajo la Doctrina de Seguridad Franquista.
A la ataque marcial se sumaron estrategias mediáticas e ideológicas. En 1984, tras la sangrienta poblada contra el paquete fondomonetarista, Estados Unidos observó con alerta el estallido social y el avance de ideas marxistas en el país, en medio de una Centroamérica en llamas. Desde suelo dominicano, figuras mediáticas fueron utilizadas para advertir contra el “peligro comunista”, colocando al país como plataforma de propaganda y contención regional.
Entre la Zona de Paz y el tablero marcial de “Pica del Sur”
Hoy, frente a la proclamación del Caribe como Zona de Paz por la CELAC, la valentía dominicana de abrazar sin matices la política militarizada de Washington coloca al país frente a una dilema histórica: repetir el papel de vanguardia de playa del postrero imperio o admitir una política foráneo coherente con la paz regional. Lo que está en charnela no es solo la soberanía venezolana, sino la posibilidad de que el Caribe deje de ser frontera imperial y se convierta en división de dignidad y autodeterminación de sus pueblos.
En este momento esencial, la diplomacia dominicana tiene la oportunidad de formarse de su propia historia. Toda claudicación realizada en nombre del prestigio, la seguridad o la cooperación marcial ha terminado costando caro: ocupaciones, dictaduras tuteladas, crisis internas, pérdida de autonomía y aislamiento.
Por el contrario, cada ademán de soberanía ha fortalecido el respeto regional y la credibilidad internacional del país. La pregunta para esta engendramiento no es si cooperar o no con el mundo, sino si lo hará subordinándose a intereses ajenos o defendiendo el derecho del Caribe a radicar en paz, con dignidad y sin tutelas imperiales.
jpm-am
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