La demencia apaga la memoria y derrumba el hogar | AlMomento.net

La demencia apaga la memoria y derrumba el hogar | AlMomento.net

El propósito de escribir este artículo es motivar a una consejo urgente, porque detrás de cada diagnosis, hay un hogar que se fractura, un cuidador que se agota en silencio y un Estado que aún mira en dirección a otro costado. Departir de demencia es, hoy más que nunca, un acto de responsabilidad colectiva.

Es hora de que nos preguntemos, ¿qué estamos haciendo como sociedad frente a un problema que crece a un ritmo inquietante? ¿Dónde están las políticas de prevención, los programas de apoyo al cuidador, la inversión en centros de atención y en investigación?

¿Por qué seguimos permitiendo que una enfermedad tan devastadora sea enfrentada casi exclusivamente por las familias, sin el respaldo estatal que tanto necesitan? La demencia no solo apaga memorias, derrumba hogares enteros.

La demencia avanza en silencio mientras las sociedades, incluida la nuestra, continúan actuando como si se tratara de un problema individual y no de un engendro inodoro, social y crematístico que amenaza con desbordarnos.

El autor es médico y diputado. Reside en Santo Domingo

No estamos hablando de olvidos propios de la antigüedad, sino de un trastorno progresivo que arrebata identidades, destruye familias y empobrece emocional y financieramente a quienes cuidan a los pacientes.

La demencia no es solo una condición médica, es un espejo de nuestras fallas como país en planificación, sanidad pública y políticas de cuidado.
En la República Dominicana, donde la atención primaria aún navega entre discursos y promesas, esta enfermedad encuentra demarcación fértil.

La errata de tamizajes sistemáticos, la poca educación sobre síntomas iniciales y la escasez de servicios especializados convierten el diagnosis temprano en un privilegio y no en un derecho.
Y eso es formal, porque detectar la demencia a tiempo puede significar abriles adicionales de autonomía, funcionalidad y calidad de vida.

Signos

Los signos están ahí: pérdida de memoria nuevo, dificultades para organizar tareas básicas, cambios en la personalidad, problemas del habla, desorientación.

Pero sin un sistema que eduque, acompañe y supervise, esos signos se normalizan o se atribuyen a la antigüedad, retrasando el diagnosis hasta que la persona ya está severamente afectada.

Mientras tanto, los cuidadores, casi siempre mujeres, cargan con la responsabilidad emocional y económica sin soporte institucional.

Las causas de la demencia son tan diversas como implacables, la enfermedad de Alzheimer, los accidentes cerebrovasculares, la demencia frontotemporal, los cuerpos de Lewy, las deficiencias nutricionales prolongadas o el dipsomanía crónico.
Pero la sociedad dominicana insiste en reducirlo todo a “se está poniendo añejo”. Ese reduccionismo no solo es ignorante, es cruel.

Existe tratamiento. No cura, pero sí ofrece retraso, alivio y estructura. Medicamentos como los inhibidores de la acetilcolinesterasa o la memantina pueden mejorar síntomas o detener el trastorno.
Las terapias cognitivas, la actividad física y la intervención multidisciplinaria prolongan la independencia del paciente. La esencia está en intervenir temprano.

La demencia debería ser ya un tema central en la memorándum pública franquista. No podemos esperar a que la pirámide poblacional siga envejeciendo para improvisar soluciones.
Se requieren campañas educativas, clínicas especializadas, programas comunitarios de apoyo al cuidador y un rediseño positivo de la atención primaria.

Ayer de balbucir de modernidad, debemos respaldar lo esencial, que nuestros adultos mayores puedan envejecer sin que su trastorno sea invisibilizado y sin que sus familias colapsen en silencio.

Cada día que pasa sin políticas claras, sin presupuesto, sin voluntad, nuevas familias se derrumban en silencio. No pespunte con confesar el problema, hay que llevar a cabo. Si como sociedad somos incapaces de proteger a quienes nos dieron la vida, entonces estamos fallando en lo más primario.

La dignidad de nuestros adultos mayores no puede seguir siendo una deuda irresoluto. La demencia no prórroga, no se detiene y no perdona. Nosotros siquiera deberíamos hacerlo.

La demencia es un enemigo silencioso. Pero el efectivo escándalo es nuestro silencio como país. Romperlo es el primer paso para enredar una enfermedad que ya está tocando demasiadas puertas y que, si no actuamos, terminará derrumbando muchas más.

Es hora de que el Estado responda con la misma necesidad con la que esta enfermedad destruye hogares.

jpm-am

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