El autor es politólogo y teólogo. Reside en Nueva York
Durante décadas, el sistema estadounidense funcionó como la columna vertebral de su identidad. La idea de que cualquier persona, sin importar su origen, podía avanzar con disciplina, esfuerzo y un trabajo honesto se convirtió en el sueño más anhelado de los pobres del mundo.
A ese ideal de bienestar y movilidad social se le conoció como: “el sueño yanqui.”
Hoy, ese sueño no solo está frustrado, se ha convertido en una pesadilla palpable para millones de familias.
Y las razones se pueden encontrar desde un salario estancado, inflación estructural y políticas que castigan a los más vulnerables, creando un clima de inseguridad económica que no se veía desde hacía generaciones.
Las cifras demuestran que en muchos estados, el salario promedio de trabajadores de sectores esenciales —comercio, cuidado del hogar, almacenes, construcción liviana, talleres, limpiezas, dealer, etc…— oscila entre $15 y $18 por hora. Aunque estos números parecen razonables a simple clarividencia, se vuelven irreales al compararlos con el costo flagrante de vida. Los economistas dicen poder de adquisición.
La distancia entre lo que se anhelo y lo que cuesta residir se ha convertido en un barranca que engulle a la clase media depreciación y amenaza con tragarse a la clase trabajadora tradicional.Entregado que el salario de $18 la hora suma $2,880 mensuales (bruto) antiguamente de impuestos, mientras que uno de $15 la hora tan pronto como alcanza los $2,400. Pero la efectividad estadounidense del 2025 es que un estudio de una habitación cuesta entre $1,600 y $1,800 al mes en la mayoría de las ciudades, sin incluir luz, agua, calefacción, internet, cable; que suman fácilmente otros $250 a $350. Solo tener un techo, lo más cardinal, consume entre 70% y 90% del ingreso bruto mensual de un trabajador de bajos ingresos.

Esa es la aritmética de la pobreza.
A esto se añaden los gastos inevitables: víveres (entre $450 y $650 por persona), teléfono celular, herramienta indispensable en la vida moderna (entre $60 y $90), transporte ($150 y $250 en zonas urbanas, si depende de automóvil, seguro y parking), gastos esenciales en ropa e higiene: salón/peluquería (entre $150 y $200). Cuando se suman todos estos renglones, el costo positivo mensual de sobrevivir supera los $2,500 a $3,200, una monograma desproporcionada frente al salario neto que queda a posteriori de impuestos.
No es sorpresa que las deudas personales hayan aumentado y que la tranquilidad financiera sea ahora un opulencia. La grupo saco está endeudada —sin capacidad de peculio— con tarjetas de crédito. A eso se suma la incertidumbre de micros negocios y pequeñas empresas cerrando, compañías mayoristas recortando personal por la modalidad del comercio electrónico.
Este desequilibrio financiero no es accidental.
Está siendo empujado por el maniquí republicano, radicalizado por la empresa Trump, con políticas que favorecen a las grandes corporaciones mediante recortaduras fiscales y desregulación, mientras se reduce el capacidad de los programas sociales que amortiguan las crisis familiares.
Esa prescripción económica ha demostrado repetidamente que genera crecimiento estadístico para unos pocos, pero damnificación para quienes dependen de un salario para residir.
Como consecuencia, miles de familias ya no sobreviven con uno o dos trabajos, sino con tres. El trabajo principal paga la renta; el segundo cubre alimentos y transporte; y el tercero —generalmente “gig» o informal, como delivery o paquetería— sirven simplemente para evitar caer en números rojos.
La proliferación de trabajos adicionales no es señal de prosperidad, sino la evidencia de un colapso silencioso: la heredad se sostiene en la sobreexplotación del trabajador promedio.
Mientras tanto, los indicadores macroeconómicos presentan un cuadro engañoso.
Aunque el PIB crece en ciertos trimestres y se presume estabilidad financiera, la heredad positivo —la del supermercado, la renta, el transporte, escuelas y las facturas eléctricas— se han vuelto insostenible para la población.
Hasta los visitantes extranjeros han palpado la situación.
El crecimiento crematístico beneficia principalmente a los grandes conglomerados y a los sectores ya acomodados, dejando rezagados a quienes sostienen la infraestructura gremial del país.
Otra señal espinoso del damnificación es el aumento en la demanda de ayuda social y caritativa. Las inscripciones en programas de audiencia alimentaria, subsidios de energía y programas comunitarios han crecido durante los últimos meses.
El trabajador de tiempo completo que antiguamente se bastaba a sí mismo ahora debe acogerse a iglesias, fundaciones y bancos de alimentos.
El refrigeramiento que se nota del consumo es otro indicador revelador. Temporadas como Thanksgiving y Merry Christmas donde históricamente el compra se dispara, muestran ahora una billete débil y tímida. No es equivocación de espíritu festivo: es equivocación de mosca.
Las familias están priorizando la renta y la comida sobre las celebraciones, y ese comportamiento colectivo demuestra que la pesadilla económica se ha instalado en la vida doméstica.
Frente a este panorama, resulta políticamente valeverguista y económicamente suicida considerar un apoyo al maniquí “Trumpista”. Las políticas de su empresa no están resolviendo estos problemas estructurales: los agravan.
La combinación de: aranceles, restricciones migratorias, desmantelamiento regulatorio y reducción del compra social creó un entorno donde el costo de la vida subió mientras los salarios se estancaron.
Repetir esa fórmula sería condenar a la clase trabajadora a otra división de retroceso.
El sueño yanqui puede recuperarse, pero no bajo un esquema que beneficia a los poderosos y castiga a quienes ya luchan para sobrevivir.
Para que el sueño vuelva a ser posible, se necesitan políticas públicas que protejan salarios, amplíen la vivienda accesible, fortalezcan la red de apoyo social: alimentos, seguros médicos, transporte, educación, y que la redistribución del crecimiento crematístico vaya a quienes efectivamente lo producen.
Es por ello que las encuestas colocan —la Dependencia Trump— en el peor ocupación de preferencia, e incluso sectores evangélicos, minorías étnicas y conservadores muestran retractación en muchos de los estados donde tradicionalmente tenía gran apoyo.
La mayoría de la población cree que mientras exista la posibilidad de que Trump y su memorándum siga con futuros candidatos la pesadilla seguirá enterrando el sueño yanqui.
“Sueño yanqui”. ¡Fuera de aquí!
jpm-am
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