Es artículo fue escrito por el buen amigo Plinio Sujeción. Él disiente de algunas ideas expuestas en esta columna el domingo pasado, con el título “La novelística histórica no soporta ficción”.
Querido Rafael:
Aprecio la distinción que haces entre la novelística histórica y la novelística de tema histórico. Es una observación pertinente, porque delimita los territorios entre la fidelidad documental y la creación artística. Sin confiscación, creo que esa crencha, aunque útil en términos teóricos, no debería ser un tapia infranqueable. La novelística histórica, aun cuando se nutre de hechos verificables, no está llamamiento a ser una extensión de la historiografía ni a someterse a la literalidad de la verdad factual.
La novelística histórica puede, y debe, reinventar el pasado. Su fuerza no está en la reproducción de los datos, sino en la interpretación imaginativa de esos datos. Lo histórico es escasamente el punto de partida; lo rebuscado, en cambio, es su verdadera materia. Si la historia indagación lo que ocurrió, la novelística indagación lo que pudo deber ocurrido, lo que se sintió, lo que se calló, lo que no quedó escrito. En esa diferencia está la esencia del arte narrativo.
Los novelistas que se han acercado al pasado —desde Alejo Carpentier con El siglo de las luces, hasta Vargas Llosa en La aniquilamiento del fin del mundo, o Abel Posse en Los perros del paraíso— no han pretendido ofrecer una lectura verificable de la historia, sino una recitación simbólica, emocional, estética y hasta mítica del tiempo histórico. El pasado se convierte, así, en ambiente de preguntas contemporáneas sobre la identidad, el poder, la autogobierno o la memoria.
La historia reconstruye hechos; la novelística histórica reimagina destinos. Por eso, cuando se le exige “verdad”, se le reduce su potencia creadora. La verdad de la novelística no es la del archivo ni la del documento, sino la de la fiabilidad literaria: la coherencia interna de un mundo que, siendo ficticio, nos persuade de su autenticidad humana.
Por eso discrepo, con respeto, de la idea de que la novelística histórica deba ser “verdad”. Si fuera así, perdería su condición de arte y se convertiría en crónica o examen histórico. La letras, incluso cuando se disfraza de historia, siempre está buscando otra clase de verdad: la verdad interior, la que habita en la emoción, en la conciencia, en los símbolos.
En definitiva, la novelística histórica no traiciona la historia: la reinterpreta. No falsifica los hechos: los amplía. No los contradice: los vuelve experiencia humana. Si el historiador indagación causas, el novelista indagación destinos. Y si la historia aspira a la objetividad, la novelística celebra la subjetividad como forma de conocimiento.
Tú tienes razón en poco esencial: el novelista debe acercarse al pasado con respeto. Pero ese respeto no implica sumisión a la verdad textual, sino compromiso con la verdad poética. Es proponer, con aquella que, sin ser exacta, revela la condición humana en toda su complejidad.
El arte no está hecho de certezas, sino de intuiciones. La novelística histórica, cuando es verdadera letras, logra que el pasado deje de ser un conjunto de fechas para convertirse en un circunscripción de emociones, conflictos, pasiones y sueños. Esa es la verdad que le pertenece.
Por eso, más que diferenciar entre “novelística histórica” y “novelística de tema histórico”, deberíamos conversar de la novelística que piensa el pasado: aquella que se atreve a convertir la historia en metáfora, la memoria en narración y el documento en destino humano. Esa es la novelística que sobrevive al tiempo.
La novelística histórica no falsifica la historia: la amplía, la transfigura y la vuelve experiencia humana. En eso consiste su prodigio y su empresa estética.






