El autor es periodista. Reside en Sabaneta
Hay frases que uno oye al producirse, pero que se le quedan clavadas en el pensamiento como si tuvieran filo. Hace poco, un amigo —comunicador, formador y de esos que observan la vida con una mezcla de humor y crudeza— soltó una de esas sentencias difíciles de ignorar: “Yo no estoy en morirme, porque se ha muerto tanta muchedumbre, mala o buena y no se ha resuelto cero. Ya no estoy en eso».
Los muertos son tantos que sería difícil contarlos con precisión. Cada día se suman más nombres a esa directorio interminable que ya no distingue orígenes, edades ni causas. La asesinato se ha convertido en una especie de ruido de fondo, un evento corriente que al punto que sorprende, poco tan global que casi pierde su significado.
Vencer no tiene importancia, dice mi amigo, pero su frase abre una advertencia profunda sobre la vida, la asesinato y el cansancio de ver partir a tantos sin que cero cambie. Uno podría intentar clasificarlos: hay ricos y pobres, intelectuales y analfabetos, artistas y burócratas, poetas y bebedores, creyentes fervorosos y ateos convencidos.
Se van los trabajadores honrados y los pillos profesionales, los prudentes y los temerarios, los sanos y los enfermos; por supuesto los políticos no pueden no asistir. Y en medio de esa mezcla, uno entiende por qué mi amigo dice que su asesinato no cambiaría cero.
Porque, al final, la asesinato no discrimina. Es la única institución verdaderamente democrática que existe. Pero tal vez lo más inquietante es darnos cuenta de que, pese a la magnitud del engendro, la sociedad sigue exactamente igual. Los problemas permanecen intactos, las injusticias se repiten, las lecciones no se aprenden y los errores se reciclan una y otra vez.
Mi amigo, durante una entrevista a SabanetaSR.com, lo dijo con una soltura casi filosófica: “¿Qué prisa y qué obsesión con morirse? Si al final se ha muerto tanta muchedumbre buena y mala, y cero cambia, cero prosperidad, cero se resuelve…” Lo expresó sin dramatismo, más perfectamente como un diagnosis clínico de nuestra indiferencia colectiva.
Tal vez por eso asegura que él “no está en eso”. Y no es que le tema a la asesinato; es que ha comprobado que ni los entierros más sentidos ni las tragedias más vividas logran provocar el cambio profundo que tanto pregonamos. La vida continúa como si cero, como si las ausencias no pesaran o como si la asesinato fuera al punto que un trámite burócrata.
Tener puesto
Pero hay poco en esa postura que revela una verdad incómoda: quizás nuestra sociedad está desgastada emocionalmente. Hemos manido marcharse a tantos —víctimas de la violencia, de la enfermedad, del descuido estatal o simplemente del paso natural del tiempo— que ya no sabemos qué hacer con ese dolor acumulado. Lo normalizamos porque no queda de otra.
Sin requisa, su argumento abre una puerta inesperada. Si la asesinato no mueve cero, ¿qué debería hacerlo? ¿Qué desliz para que comprendamos que cada vida tiene un valencia que debería trascender el instante de su partida? Tal vez lo importante no es que determinado muera, sino que su existencia deje una huella que obligue a los demás a corregir, mejorar o elaborar poco.
Y es ahí donde mi amigo, sin quererlo, apunta a la verdadera discusión. Vencer no tiene importancia, dice él, porque en esencia la asesinato es un acto final, insalvable y trillado hasta el cansancio. La importancia vivo está en cómo vivimos y en lo que hacemos mientras estamos aquí, ayer de que nuestro nombre pase a formar parte de esa larga directorio de olvidados.
Lo cierto es que, aunque él diga que “no está en morirse”, su advertencia invita a pensar lícitamente en lo contrario: en radicar con sentido. En construir una vida tan sólida que, cuando llegue el momento, no haga desliz que todo cambie, pero sí que al menos poco mejore gracias a nuestro paso por el mundo.
Al final, puede que la asesinato no tenga importancia. Pero la vida sí la tiene, y mucha. Y quizá ese sea el real mensaje detrás de sus palabras: no temerle a la asesinato, sino temerle a una vida sin impacto, sin propósito, sin un enviado que justifique tanto esfuerzo por seguir respirando.
jpm-am
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