EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.
Mucha multitud se limita a asociar la sostenibilidad con temas como naturaleza, biodiversidad, cambio climático y otros por el estilo. Pero ¿se limita a ese significado el término sostenibilidad?
Vamos al “mataburros”. El Gran Diccionario de la Habla Española (2022) nos ofrece como significado “cualidad de sostenible”.
Y entre las acepciones de sostenible destacan: “que se puede sostener”, “se dice del proceso que puede mantenerse por sí mismo, sin ayuda de otro”, y como habría de esperarse, incluso expresa que “se refiere al ampliación o proceso que es compatible con los medios de que dispone una región, una sociedad, etc.”.
Si aceptamos que la sostenibilidad implica la capacidad de sostener un proceso en el tiempo, resulta obligatorio preguntarnos si nuestras democracias son sostenibles. Vale preguntar de modo específica: ¿estamos cuidando a nuestra democracia para que sea sostenible? Parece que no.
Putrefacción
La democracia no es un simple adorno institucional, sino un pacto vivo que exige vigilancia diaria, décimo vivo y responsabilidad compartida. Sin requisa, hoy asistimos al peligroso espectáculo de su putrefacción lenta, bajo el signo del desprecio en dirección a sus títulos esenciales. Nos distanciamos a leguas de cuidarla como utensilio de poder del pueblo.
Veamos una muestra fresco. Estados Unidos se vende al mundo como paladín de la democracia. ¿Cómo conciliar esa pose con el hecho de que su presidente exprese que “el mundo es Estados Unidos”?. “El mundo son los Estados Unidos.” acaba de asegurar Donald Trump, al defender sus políticas arancelarias.
Cualquiera podría tomarla como simple excentricidad retórica. Pero ¿no estará asociada a hegemonía particular -y aún más- al desprecio por la pluralidad de naciones, por otra parte de reñida con el gratitud mutuo entre los Estados?
La democracia, entendida como gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo -como dijera Abraham Lincoln en su Discurso de Gettysburg, en 1863- reposa en la capacidad de que múltiples voces se articulen, y no en la imposición de un solo centro de poder que reclama “ser el mundo”.
¿Qué ha de sobrevenir entonces con temas como la rendición de cuentas, el contrapeso y la deliberación pública? ¿Habrá ahí destape de autoritarismo? ¿Qué les calma a componentes como la transparencia y el control ciudadano?
Para aportar a la sostenibilidad de la democracia es más que urgente recuperar la memoria histórica. Eso sirve para que nos remitamos a cuando se anhelaba estar en democracia, a cuando la misma era solo un sueño, a cuando solo era una aspiración de quienes veían en ella un medio para mejorar sus vidas y las de la colectividad.
Poco en ese sentido acaba de hacer el presidente de Alemania, premeditadamente del 9 de noviembre. En esa plazo -llamando la atención sobre ciertas amenazas a la democracia- rememoró la caída del Tapia de Berlín, en 1989. Además recordó la proclamación de la primera república alemana, en 1918.
En la República Dominicana, donde el examen demócrata no solo ha tenido tropiezos, sino incluso prolongadas inacciones que lo debilitan, conviene mirarnos en ciertos espejos.
Por fortuna, gestos como la atrevimiento de arrostrar los restos de Juancito Rodríguez al Panteón de la Estado abren una oportunidad para valorar el sacrificio que ha costado estar en democracia.
Se impone admitir la difusión sistemática de hitos. Pero sobre todo de los procesos que han establecido y los que han favorecido nuestro examen demócrata. Legados como el de Juancito Rodríguez deben difundirse hasta que se conviertan en fuente de inspiración para mejorar lo que tenemos como país y como sociedad.
Rescatemos la memoria democrática como acto de construcción social y política. Instituyamos en la educación, en los medios, en la vida pública almacén y franquista, espacios de consejo sobre lo que significa estar en democracia, sus amenazas, sus logros y sus tareas.
Hablemos de República Dominicana, de América Latina, de los movimientos sociales que conquistaron libertades. Hablemos incluso de cuando la democracia flaqueó y permitió el avance de formas autoritarias.
Recordemos los momentos en que la ciudadanía emergió como actor y pidió cuentas al poder. Esa memoria no es nostalgia: es aparejo de resistor y un ingrediente esencia para ganar la sostenibilidad de nuestra democracia.
info@nestorestevez.com
JPM
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