En la existencia de muchas de nuestras crisis —sociales, ambientales, económicas o políticas, encontramos una misma raíz: la desidia de previsión. Vivimos como si el futuro fuera una concepto lejana, ajena a nuestras decisiones de hoy. Esa disposición, tan profundamente arraigada en nuestras costumbres colectivas, es lo que el ecólogo Garrett Hardin llamó “la tragedia de los comunes”: cuando cada individuo, buscando su conveniencia inmediata, termina destruyendo el admisiblemente colectivo, el que pertenece a todos. su propio bienestar futuro.
En nuestras sociedades, esa tragedia se repite con otros rostros. Todos sabemos que los huracanes regresan cada año, que los ríos crecen, que los barrios vulnerables volverán a inundarse, que el cambio climático ya no es promesa sino presencia. Y sin retención, actuamos como si no lo supiéramos. Esperamos a que la tormenta nos despierte, a que la emergencia toque la puerta, a que el desastre nos obligue a improvisar. Es la civilización del “ya veremos”, del “Jehová proveerá”, del candado que se adquisición posteriormente del robo.
La tragedia está en que el costo de esa indiferencia no lo paga un individuo incidental, sino la comunidad entera. Cuando un vecino tira basura en una cañada, contamina el agua de todos. Cuando un político posterga las obras preventivas, compromete la seguridad de generaciones. Cuando una sociedad no exige planificación ni previsión, termina normalizando el caos. Es un círculo vicioso donde la irresponsabilidad privada genera tragedias públicas.
Salir de ese círculo vicioso, exige un cambio cultural profundo. No puntada con conocer los riesgos; hay que alterar nuestra relación con el tiempo y la responsabilidad. Prever no es un riqueza de países ricos, es una carestia de sociedades que aspiran a sobrevivir dignamente. Significa educar para pensar en consecuencias, para planificar más allá del día, para entender que la prevención es un acto de coito al prójimo y no de miedo.
El desafío es acaecer de la civilización del parche a la civilización del propósito. Enseñar en las escuelas que cuidar lo popular , el entorno, el agua, el clima, la ciudad— es tan importante como cuidar lo propio. Promover en los medios y en la política la idea de que la verdadera eficiencia no está en contestar al desastre, sino en evitarlo. Y sobre todo, responsabilizarse como ciudadanos que nuestra inacción e irresponsabilidad igualmente destruye.
Tenemos, por otra parte, herramientas eficientes cuando lo necesario hace presencia, que pueden aliviar el peso de la incertidumbre. Los seguros, por ejemplo, representan un mecanismo civilizado de previsión: permiten repartir los riesgos, respaldar la recuperación y ceñir el impacto de la tragedia. Pero incluso esa aparejo pierde sentido si no existe una conciencia preventiva que la acompañe.
No hay destino necesario, sino sociedades que se niegan a ilustrarse. La tragedia de lo popular se supera cuando entendemos que el bienestar individual depende de la salubridad del colectivo, de los vecinos, del conjunto> Que proteger el futuro no es cuestión de suerte ni de fe, sino de educación, disciplina y compromiso colectivo. Prever, en última instancia, es creer en la vida, y construir un mejor entorno para todo. Esa debe ser la cotidianidad.






