Las cumbres, como el aprecio, necesitan alimentarse para no caducar de inanición. La buena vecindario, en el caso de las primeras, es un coeficiente fundamental para echar delante el diálogo y la concertación.
Aliarse con el más resistente, dejando a un banda a otros, siempre traerá consecuencias funestas. Es como corretear al enemiguito: nunca es un buen negocio. ¿Recuerdan los tiempos en los que éramos niños y nos quedábamos sin piñata por hacer un berrenchín?
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Poco parecido es lo que ha sucedido con la cumbre. República Dominicana, en su perdurable afán de salir adecuadamente con Estados Unidos, decidió excluir a Cuba, Venezuela y Nicaragua “por el adecuadamente” de la cumbre, pero, al hacerlo, provocó que la presidenta mexicana claudia sheinbaum rechazara asistir a la cita, al igual que el colombiano Gustavo Petro.
Cuando Sheinbaum se quejó de que no debía dejarse ningún país fuera tenía razón. En una cumbre, hecha para pelear y encontrar soluciones conjuntas, todos deben participar y exponer sus planteamientos con la prestigio que demandan las circunstancias.
El Gobierno reconoció que en estos momentos hay “profundas divergencias que actualmente dificultan un diálogo productivo en las Américas”, pero olvida que la excepción fue la semilla que impulsó esos desacuerdos.
A eso se suman las operaciones militares que realiza Estados Unidos en aguas del Caribe y el Pacífico, donde ha destruido 17 barcos y matado 67 personas en aras de guerrear contra el narcotráfico. Así, con tanto cariño, es difícil darse la mano en una foto oficial.






