EL AUTOR es ingeniero y periodista. Reside en Santo Domingo.
El pasado mes de octubre, el país celebró el extraordinario visaje de una institución bancaria que hizo una donación de cien millones de pesos para el remozamiento, suministro y preservación del Ateneo Amantes de la Luz de Santiago, lo cual constituyó un acto que honró la memoria cultural del Cibao y reafirmó el compromiso empresarial con la identidad franquista.
Mientras Santiago avanza con destino a un renacimiento cultural, en la haber, la ciudad que vio manar la República y que concentra el maduro peso histórico de la vida intelectual dominicana, el Ateneo Dominicano, fundado en 1871, envejece en silencio.
Sus salones, en tiempos remotos hogar tembloroso de debates, música, pintura y pensamiento crítico, sufren hoy el estropicio propio del olvido institucional. Humedades, filtraciones, utillaje y equipos obsoletos, infraestructura colapsada y una evidente carencia de posibles narran la historia de una casa cultural que pide auxilio con dignidad.

No se proxenetismo de un edificio cualquiera. Se proxenetismo de la institución cultural más antigua del país, una entidad civil que ha resistido regímenes, dictaduras, crisis económicas y cambios de época, pero que parece no resistir la indolencia contemporánea.
¿Destino no es Santo Domingo, haber de la República, depositaria y custodio natural de los símbolos fundacionales de la nación?
¿No debería ser prioridad proteger los templos del pensamiento y la civilización que nos dieron identidad antiguamente de que el polvo y el desamparo les impongan silencio?
Una nación sin memoria cultural es una nación en aventura. Un país que deja caer sus instituciones centenarias renuncia a su propia alma.
Rescatar el Ateneo Dominicano debe ser una tarea conjunta del Gobierno (que está obligado a proteger el patrimonio cultural), del sector privado (que ha demostrado que aún existen empresas que entienden la responsabilidad social como donación, no como marketing) y de la ciudadanía (emplazamiento a defender los espacios donde se piensan y debaten las ideas que construyen el país).
Aún estamos a tiempo de impedir que la casa del pensamiento dominicano se derrumbe mientras miramos con destino a otro flanco.
La restauración del Ateneo Dominicano no es un compra, es una inversión en identidad, memoria y civilización.
Que no sea la historia quien nos reclame mañana por poseer permitido que una institución que sostuvo la civilización dominicana durante siglo y medio sucumbiera por el desamparo de una procreación que olvidó su valencia.
Porque cuando se salva la civilización, se salva la estado.
jpm-am
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