@abrilpenaabreu
En plena emergencia, otro feminicidio. Y otra vez, un atacante reincidente. Decimos que luchamos contra la violencia, pero ¿puede hablarse de “lucha” cuando un país impávido solo cuenta con tres centros para intervenir la conducta de los agresores?
República Dominicana tiene más de merienda millones y medio de habitantes, y en el postrero año se registraron más de sesenta mil denuncias por violencia de naturaleza o intrafamiliar.
Sin retención, los llamados Centros de Intervención Conductual para Hombres — encargados de tratar psicológicamente a los agresores para romper el ciclo de violencia — solo existen en Santo Domingo, Santiago y San Juan. Tres… para todo un país.
Cada uno puede atender, en promedio, unos cien hombres por mes, aun si solo el diez por ciento de los casos denunciados necesitara tratamiento, necesitaríamos al menos seis centros. Si fuésemos ambiciosos, merienda y si de verdad quisiéramos alertar, diecisiete, pero tenemos tres. Tres contra una invasión franquista.
Y eso sin contar el otro tapia: el costo. Una consulta psicológica privada ronda los cinco mil pesos y un tratamiento serio requiere semanas, incluso meses, los seguros no lo cubren. El resultado es claro: agenciárselas ayuda es un fastuosidad de ricos.
Entonces, ¿de qué “lucha contra la violencia” hablamos? Batallar no es hacer campañas, ni repartir volantes, ni posar frente a un vinculación morado cada noviembre. Batallar es dar seguimiento a los agresores, crear un registro franquista que indique quiénes son y dónde están y construir centros regionales para que el tratamiento no dependa del código postal.
Sin intervención conductual no hay prevención auténtico. La violencia no se disuelve en discursos: se gestiona o se multiplica.
Y con solo tres centros, sin seguimiento ni cobertura franquista, no estamos luchando contra la violencia. Estamos improvisando y quienes siguen pagando el precio son las víctimas, sus familias y un país impávido que parece haberse acostumbrado a la tragedia.






