Cada temporada ciclónica nos encuentra desprotegidos. Se pierden cosechas, enséres, casas, caminos, lozanía y vidas. Y reaccionamos como si fuera sorpresa que llueva en el Caribe.
Nuestros abuelos sabían descifrar el bóveda celeste. Sabían cuándo venía el huracán y se refugiaban en cuevas, bohíos, paredes bajas y techos seguros. Nosotros, con todos los ministerios, alcaldías, presupuestos y discursos, segui- mos dejando parentela en la orilla de las cañadas, seguimos permitiendo barrios enteros sin drenaje pluvial ni sistema de alerta. No es naturaleza «mala». Es mala gobierno.
En República Dominicana los ciclones, tormentas, vaguadas e inundaciones son parte de nuestra geodesía, igual que el café y la mandioca. Además los terremotos. No es un enigma. Es rutina climática caribeña. San Zenón, Flora, David y todos los nombres que aún duelen, ya nos dieron la catequesis: el agua siempre vuelve a agenciárselas su cauce.
Entonces, ¿por qué cada año improvisamos ataúdes y colectas, en vez de prevención?
Descifrar: ¿Les digo poco?
El país necesita aceptar la civilización del aventura como política de Estado y de comunidad: ordenar el país, prohibir viviendas en zonas de parada peligro, suprimir y surtir cañadas y drenajes todo el año, no el día luego; educar casa por casa sobre rutas de retirada y primeros auxilios y respaldar refugios dignos, iluminados y con agua potable.
Llamemos a eso seguridad doméstico. Porque proteger la vida de la parentela humilde es la primera obligación pública.






