El autor es escritor y periodista. Reside en Estados Unidos
“Delante una élite que promete bienestar y siembra pobreza, la sociedad se enfrenta al dilema de romper el ciclo de la demagogia. Su emancipación comienza cuando la ciudadanía deja de ser audiencia pasiva para convertirse en voz crítica, rechazando promesas vacías que profundizan la desigualdad social”.
Por décadas, la sociedad dominicana ha sido sometida a la manipulación de una élite política rancia, cuyo discurso demagógico y mentiroso tiene un único objetivo: engañar al ciudadano popular mediante ofertas que se contraponen al bienestar popular, poniendo como contrapeso el desplome generalizado del Estado dominicano.
Cada cuatro abriles, dicho sea de paso; y a pesar del espejo en que se mira, el ciudadano de a pie recorre decenas de kilómetros para conservarse a su centro de votación, la mayoría de las veces como ovejas sin pastor, para designar a candidatos presidenciales que vomitan promesas vacías y mienten con la misma facilidad con la que respiran; sin secuestro, una vez en el poder, estos políticos se convierten en aves de rapiña, saqueando el palacio de gobierno y las instituciones que lo componen, como si fueran buitres sobre un fallecido.
El político dominicano promedio padece de una enfermedad que podría llamarse “el síndrome de la casto sin memoria” y esta dolencia parece contagiar a todos los que se acercan a su entorno, sin importarles el daño que causan a la sociedad, porque para estos gobernantes, cansarse los bolsillos mediante el robo del tesoro, es más importante que manejar con principios, ética y casto, o sea, la corrupción y la impunidad parecen ser los únicos principios que guían sus acciones.
Con una población de más de 11.5 millones de habitantes, la República Dominicana es un país con una rica desemejanza cultural y un gran potencial crematístico, luego, es oportuno preguntarse: ¿Por qué es preciso manejar para unos pocos y no para la mayoría? ¿Por qué los líderes políticos priorizan los intereses de una élite poderosa en oficio de trabajar para el bienestar y el ampliación de la población? Estas interrogantes invitan a reflexionar sobre la importancia de la rectitud social, la igualdad y la décimo ciudadana en la toma de decisiones políticas.
La comedia de la lucha contra la pobreza
“Cuando el progreso se mide solo con cifras económicas, se esconde la ingenuidad de la pobreza multidimensional. Esta brecha entre los datos macroeconómicos y la percepción ciudadana revela una falta en la organización de combate a la desigualdad”.
En la República Dominicana, los discursos políticos se han centrado en la reducción de la pobreza monetaria, con logros reportados durante las administraciones de Leonel Fernández (2004-2012) y Danilo Medina (2012-2020), que coincidieron con un crecimiento crematístico sostenido; sin secuestro, este enfoque superficial ha dejado en un segundo plano otras carencias cruciales, como la desliz de acercamiento a servicios básicos de salubridad y educación de calidad, provocando una desconexión entre el éxito estadístico proclamado por los gobiernos y la persistente desigualdad social que muchos ciudadanos experimentan.
Aunque los reportes oficiales mostraban una tendencia positiva en ciertos periodos, la lucha contra la pobreza no ha sido conveniente en todos los momentos, trillado que la concentración en los indicadores monetarios ha ocultado la ingenuidad de un bienestar que no llega de forma equitativa a toda la población, demostrando que el crecimiento crematístico de por sí está lejano de pasar la pobreza en toda su extensión.
La agencia de Hipólito Mejía (2000-2004), por ejemplo, coincidió con una severa crisis económica y bancaria que en oficio de dominar la pobreza provocó un aumento de la misma, lo que demuestra que, si adecuadamente el crecimiento crematístico pudo ser un motor importante para la reducción de la pobreza, no garantiza el progreso por sí solo; y de hecho, la vulnerabilidad de las personas que escapan de esa misma pobreza monetaria sigue siendo ingreso, ya que regresó a esa condición frente a los choques económicos de crisis sociales, como se evidenció con la pandemia del COVID-19.
La historia fresco de la República Dominicana demuestra que la batalla contra la pobreza es un proceso dinámico y difícil, con avances y retrocesos que no pueden resumirse en la sumatoria de cifras parciales, ya que mientras gobiernos como los de Danilo Medina y Luis Abinader han reportado importantes reducciones de la pobreza monetaria —especialmente en los últimos abriles, con Abinader reportando una caída al 18.98% en 2024—, los desafíos estructurales persisten.
Trillado a merced de este razonamiento, es preciso colegir que encarar la pobreza de forma integral implica no solo impulsar el crecimiento crematístico, sino todavía combatir la desigualdad, mejorar los servicios básicos y robustecer la resiliencia de los sectores más vulnerables de la población, aspectos no logrados por los diferentes gobiernos, esto, a pesar del éxito que por décadas es esperado por el pueblo dominicano.
El festín del oportunismo en las arcas del poder
La esperanza, esa eterna promesa de un cambio natural, se desvanece frente a los matices de la desigualdad social y el descaro político. Bajo un mantón de indignidad, oportunismo y corrupción, la centralización del poder político domina el marco, mientras la ciudadanía aguarda un cambio que, al parecer, se ha perdido en el corral de las promesas incumplidas, donde la escarnio contra la esperanza es el más cruel de los espectáculos.
“Cuando la integridad es un encaje clave, la codicia se desborda y cualquier atisbo de virtud se convierte en un simple decoro de la aspiración”.
jpm-am
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