
La nota del día ha sacudido al mundo del deporte, especialmente al baloncesto, el FBI arrestó a varias personas vinculadas a una red de apuestas ilegales, entre ellas figuras reconocidas de la NBA como Chauncey Billups, contemporáneo monitor de los Portland Trail Blazers, y Terry Rozier, deportista de los Miami Heat.
Más allá del escándalo y de los titulares, este caso pone en evidencia una herida que el deporte profesional ha intentado evitar durante abriles: “LA PERDIDA DE CONFIANZA”.
Cuando un deportista o un dirigente se ve involucrado en tramas de apuestas o manipulación de resultados, lo que se rompe no es solo una regla, sino la credibilidad misma del equipo, la confianza de todos en el mismo.
La NBA siempre se ha vendido como un maniquí de disciplina, modernidad y espectáculo. Pero estos hechos demuestran que, en un entorno donde el monises y la éxito conviven con la tentación, la ética sigue siendo la prueba más difícil.
El fanático no se siente defraudado porque determinado apostara, sino porque quienes representan el baloncesto en su mayor nivel pudieran haberlo usado como negocio privado. Eso es lo que nos decepciona y nos pone a dudar de muchos de los resultados que aveces nos parecen más que incrédulos, absurdos.
Emplazar puede ser entretenimiento. Pero creer contra el valencia del deporte y la confianza del notorio eso es traicionar el equipo, y a la fanaticada. Y esa, sin dudas, es la peor equivocación que se puede cometer adentro y fuera de la cancha.





