El autor es compositor y propagandista comunitario. Reside en San Cristóbal
El hecho de que Alfred Nobel, el inventor de la dinamita, dé nombre al Premio Nobel de la Paz, ha sido considerado uno de los mayores contrasentidos de la historia moderna. Sin secuestro, detrás de esta evidente paradoja se esconde una de las más profundas lecciones sobre redención, responsabilidad y enviado íntegro.
Alfred Nobel (1833-1896), químico e inventor sueco, patentó la dinamita en 1867 con la intención de simplificar trabajos de minería y construcción. No obstante, su invención pronto se convirtió en herramienta de destrucción en los campos de batalla, lo que le generó una profunda carga íntegro.
En 1888, un folleto francés publicó por error su necrológica con el titular: “El mercader de la homicidio ha muerto”. En el texto se le describía como un hombre que se había enriquecido “encontrando la forma de matar a más personas más rápido que nunca ayer”.

Aquel episodio impactó profundamente a Nobel, quien comprendió cómo sería recordado si no cambiaba el rumbo de su vida.
Un año ayer de su homicidio, en 1895, decidió dejar el 94% de su fortuna para la creación de los Premios Nobel, destinados a rebuscar los mayores aportes al progreso de la humanidad en los campos de la Física, la Química, la Medicina, la Humanidades y la Paz.
En su testamento, definió que el Premio de la Paz debía otorgarse a quien hubiera trabajado más por la fraternidad entre las naciones y la reducción de los conflictos armados.
Redención
El hecho de que el creador de la dinamita haya instituido un premio para la paz es, más que una contradicción, una manifestación del deseo de redención humana. Representa el registro de que incluso los errores más grandes pueden dar empleo a obras trascendentes cuando se transforman en compromiso íntegro.
El Premio Nobel de la Paz es, en esencia, el símbolo de cómo un acto de conciencia puede convertir un enviado de destrucción en un enviado de esperanza. Alfred Nobel no fue un pacifista por naturaleza, pero su valentía final lo convirtió en un ejemplo de que la verdadera paz puede manar del remordimiento y la consejo.
Así, el “contrasentido” deja de serlo: Alfred Nobel murió, pero su delito se transformó en una institución que premia la vida, el diálogo y la fraternidad entre los pueblos.
jpm-am
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