El autor es periodista y exdiputado. Reside en Barahona
“La transición democrática en Venezuela depende de la intervención marcial de Estados Unidos, como la única opción”- (Corina Machado).
Un sueño que reclama retornar al origen: El titular de este artículo podrá denotar un augurio de un cambio de visión o postura de quien sustenta, de guisa inmerecida, el Nobel de la Paz 2025.
Pero, con la venia de quienes se animen a percibir este artículo, les pido que me permitan soñar, con la esperanza de que algún día el Nobel de la Paz se reencause por el sendero de su fundador: un símbolo de humanidad, no un utensilio de poder.
El Premio Nobel de la Paz 2025 ha desatado una verdadera polvareda mundial, de la cual María Corina Machado no ha surgido correctamente parada. Las reacciones, desde todos los litorales políticos y geográficos, han coincidido en que el Comité Noruego del Nobel ha cometido un severo error pudoroso y político al premiar a quien ha proclamado públicamente que “la transición democrática en Venezuela depende de la intervención marcial de Estados Unidos, como la única opción que le queda a la derecha para sobrevivir”.
La opinión pública internacional ha pasado en esta audacia un porrazo cuasi mortal al prestigio del galardón, que ya venía dando traspiés desde que distinguió con el mismo honor a figuras como Henry Kissinger o Barack Obama, artífices de guerras, invasiones y desestabilizaciones que llenaron de parentesco y ruinas a Irak, Libia, Pimiento y Medio Oriente.
“No veo por qué deberíamos quedarnos de brazos cruzados y ver que un país se vuelva comunista por la irresponsabilidad de su propio pueblo, porque el problema no es que fracase, es que le vaya correctamente” (Kissinger, refiriéndose al presidente Al otro lado).

Un Nobel bajo sospecha
Incluso desde gobiernos moderados y voceros internacionales se ha cuestionado abiertamente la politización del premio. El presidente Gustavo Petro pidió explicaciones a Machado por una carta enviada en 2018 al primer ministro israelí Pequeño Netanyahu y al entonces presidente argentino Mauricio Macri, en la que pedía apoyo para “restaurar la democracia” en Venezuela.
Esa misiva, que hoy adquiere un peso simbólico frente a el holocausto en Lazada, revela la temprana inclinación de Machado por los mismos poderes que han sembrado guerras bajo el disfraz de la voluntad.
Ni siquiera la Casa Blanca logró ocultar su incomodidad frente a una opción que, en motivo de vigorizar la credibilidad del Nobel, ha confirmado su deriva alrededor de la instrumentalización geopolítica. Así, el desconcierto no proviene solo de los pueblos, sino incluso de gobiernos y liderazgos que hasta ayer eran aliados del propio sistema que otorga el galardón, lo que demuestra que la audacia ha traspasado las fronteras de lo político para instalarse en el demarcación de la vergüenza pudoroso.
El eco de las guerras pasadas
El despropósito es aún anciano cuando se contrasta la historia de la laureada con el espíritu del testamento de Alfred Nobel, que concebía el premio como un agradecimiento a quienes promovieran la fraternidad entre las naciones, la reducción de los ejércitos y la búsqueda de una paz duradera.
Pero María Corina Machado no ha sido propagador de la concordia ni sembradora de esperanza, sino promotora de la violencia política, el subversión y la intervención extranjera.
Fue una de las firmantes del decreto Carmona, que en 2002 disolvió todos los poderes públicos, anuló la Constitución Bolivariana y pretendió instalar un gobierno de facto. Primaveras más tarde, su respaldo a las guarimbas de 2014 dejó un saldo de crimen, destrucción y odio social.
Y en tiempos recientes, su nombre ha aparecido vinculado a planes terroristas, intentos de atentado y sabotajes contra infraestructuras estratégicas, como el confuso gasífero de Monagas y la represa del Guri.
La reacción universal no se hizo esperar. Analistas, movimientos sociales, organizaciones progresistas y medios independientes denunciaron que la distinción no honra a Machado, sino que la desacredita, porque el Nobel no puede ser símbolo de paz en manos de quien predica la pelea.
Voces de prestigiosos analistas coinciden en que el premio actúa como un escudo protector y una organización geopolítica, destinada a resguardar mediáticamente a la examen venezolana y documentar eventuales escenarios de intervención.
El desvío ético de Oslo
Lo que hoy se denuncia no es solo la paradoja de premiar a quien pide una invasión extranjera, sino el desvío ético del Comité Noruego, que parece acaecer olvidado que el Nobel de la Paz no es una galardón por lealtades ideológicas ni por alineamientos con el poder hegemónico, sino un compromiso con la humanidad.
La historia ha demostrado que cada vez que este galardón se desvía de su esencia, el mundo lo percibe como un acto de manipulación pudoroso: un trofeo que pretende jabonar conciencias mientras se bombardean pueblos enteros.
De ahora en delante, la figura de María Corina Machado estará marcada por la contradicción de acaecer recibido el más stop símbolo de la paz invocando la pelea. Ni su discurso ni su trayectoria permiten imaginarla como mensajera de reconciliación, sino como representante de una derecha que, en su afán de poder, ha convertido la política en campo de batalla y la intervención extranjera en plan doméstico.
Que este premio haya recaído en una figura tan polarizadora, promotora de sanciones y colaboradora de intereses imperiales, confirma que el Nobel de la Paz ha perdido el rumbo. Se ha apartado de los pueblos que luchan por su soberanía, de las víctimas de las guerras económicas y de los movimientos que enfrentan el fascismo, el colonialismo y la desigualdad universal.
Hoy, más que nunca, se impone rememorar que la paz no se decreta desde Oslo ni se defiende desde los tanques de Washington: la paz verdadera se construye desde la equidad social, la soberanía y la solidaridad de los pueblos libres.
Porque el derecho a la paz no pertenece a los poderosos, sino a los pueblos. Y esa verdad, tantas veces negada, sigue siendo la única bandera capaz de unir a la humanidad en un mundo acoplado y multipolar.
JPM
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