Ser comunicador no nos exime de ser humanos. Y, precisamente por eso, deberíamos tener aún más conciencia de lo que llevamos internamente antiguamente de desplegar un micrófono, escribir una nota o aparecer frente a una cámara.
Lo que pensamos, lo que creemos, lo que callamos o justificamos, inevitablemente se cuela en nuestras palabras y se transmite, muchas veces, sin filtros.
En una era donde las plataformas se multiplican y las voces se confunden, lo que más escasea no es la información, es la claridad. Y esa claridad no se logra con luces, maquillaje o guiones proporcionadamente redactados; más proporcionadamente, con autoconocimiento.
Necesitamos terapia, formación emocional y una reeducación constante para no convertir nuestros espacios de comunicación en el refleja de nuestras propias carencias.
Porque sí: lo que somos, lo proyectamos.
Y eso se nota.
Baste con escuchar una hora de radiodifusión o suceder algunos minutos en redes para percibirlo. Muchos comunicadores están utilizando los medios como una extensión de su vida privada, confundiendo autenticidad con exposición, y opinión con desahogo. Se deje con levedad de temas complejos —sexualidad, relaciones de pareja, rupturas, traumas— desde una ojeada personal, sin formación ni responsabilidad social.
El resultado: discursos que disfrazan de modernidad lo que en efectividad son vacíos, y mensajes que, en área de orientar, desinforman y distorsionan.
El comunicador no está obligado a ser valentísimo, pero sí a ser consciente.
Porque nuestra voz no es solo nuestra. Llega a miles, influye, moldea. Lo que decimos tiene peso. Y cuando no hacemos el trabajo interno —ese de revisar nuestras creencias, recuperarse nuestras heridas, cuestionar nuestros prejuicios—, terminamos alimentando los mismos males que decimos combatir: la intolerancia, el egotismo, la desatiendo de empatía.
No se prostitución de departir “atún” o de evitar los temas incómodos. Se prostitución de aprender desde dónde los estamos comunicando. Si lo hacemos desde la herida, reproducimos el dolor. Si lo hacemos desde la conciencia, inspiramos cambio. Por eso, los comunicadores necesitamos más terapia que ¨trending topics¨, más introspección que aplausos.
La comunicación no es impreciso. Educa, construye imaginarios, moldea comportamientos. Somos maestros que no siempre están en un cátedra, pero que, con cada palabra, modelan formas de pensar, de enamorar, de relacionarse.
Si no cuidamos nuestra salubridad emocional, terminamos repitiendo patrones tóxicos al elegancia, normalizando la violencia, promoviendo rivalidades absurdas o distorsionando el concepto del simpatía y la convivencia.
Es urgente retornar a la esencia del oficio: comunicar con propósito, con ética, con humanidad. No podemos seguir confundiendo entretenimiento con influencia, ni rating con impacto social. El serio comunicador no es quien más seguidores tiene, es quien más conciencia genera.
Ir a terapia no es una moda. Es una indigencia para todo aquel que vive de hablarle a otros. No podemos recuperarse lo colectivo si no empezamos por sanarnos a nosotros mismos. Y siquiera podemos inspirar confianza si cada mensaje que lanzamos está contaminado por nuestras propias batallas no resueltas.
La comunicación requiere conocimiento técnico, sí, pero además contrapeso interno. Si no trabajamos en entreambos, el micrófono se convierte en un espejo: todo lo que somos, lo que sentimos, lo que tememos, se refleja.
No se prostitución solo de informar: se prostitución de elaborar. Y para elaborar, hay que principiar por internamente.
Porque cuando el comunicador sana, su mensaje además sana.
Y cuando su mensaje sana, la sociedad entera se eleva.







