Por Leopoldo Castro
El pasado 9 de septiembre se cumplieron cinco primaveras del secuestro del exvicepresidente de Paraguay Óscar Denis. Sus hijas han encabezado una lucha constante para exigir al gobierno noticiero sobre su paradero; sin confiscación, en todo este tiempo las autoridades no han podido dar respuesta a su caso ni al del suboficial Edelio Morínigo, quien permanece en cautiverio desde hace merienda primaveras. El responsable de uno y otro secuestros es el Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP), una grupo de inspiración marxista que surgió en 2008. Según fuentes oficiales, cuenta con menos de quince miembros, aunque este pequeño número ha bastado para poner en amenaza a las autoridades del país sudamericano.
A cinco primaveras del secuestro del ex vicepresidente —un hecho que refleja la capacidad de entusiasmo de esta ordenamiento insurgente—, surge una pregunta inapelable: ¿cómo ha conseguido la grupo mantenerse activa durante diecisiete primaveras? Una posible respuesta puede encontrarse al analizar sus dinámicas territoriales de lucha armada, lo que permite entender su naturaleza.
El normativo Jerónimo Ríos Sierra (2020) analiza, desde una perspectiva territorial, la actividad y transformación de dos de las guerrillas más relevantes de América Latina: Sendero Brillante (SL) en Perú y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) en Colombia. Su investigación muestra que ambas insurgencias siguieron una deducción de periferia-centro-periferia. Es opinar, surgieron en regiones alejadas de los centros políticos —SL en Ayacucho y las FARC-EP en Marquetalia—, zonas caracterizadas por elevados índices de pobreza. Tras acumular fuerzas, lanzaron ofensivas en torno a las capitales (centro); sin confiscación, la superioridad marcial de los Estados impidió que alcanzaran sus objetivos, lo que las obligó a replegarse nuevamente a la periferia, esta vez sin posibilidades reales de triunfo. En estos territorios de difícil camino, los grupos recurrieron al comercio de capital ilícitos, como la hoja de coca, para obtener financiamiento, lo que derivó en un progresivo proceso de desideologización y en la búsqueda de su mera supervivencia. Esta dinámica explicaría la persistencia de uno y otro grupos —o de sus remanentes— hasta la ahora.
El Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) surgió en marzo de 2008, un mes antiguamente de que el ex mitrado Fernando Lugo —candidato de la Alianza Patriótica para el Cambio— fuera electo presidente, poniendo así fin a más de sesenta primaveras de hegemonía del Partido Colorado. Desde sus inicios, la insurgencia se declaró de corte marxista-leninista y postuló la toma del poder político por la vía armada, al estilo de los movimientos que proliferaron en Latinoamérica durante la Conflagración Fría. Sin confiscación, su aparición en un contexto de tolerancia democrática lo convirtió en un aberración anacrónico, tanto a nivel franquista como internacional.
El unidad de Concepción, fronterizo con Brasil, fue el emplazamiento donde la insurgencia inició sus operaciones. Esta región se caracteriza por una capital basada en la rebaño y la agricultura, y por registrar elevados índices de pobreza: el 32% de su población vive en situación de pobreza multidimensional, solo superado por los departamentos de San Pedro y Caazapá (Instituto Franquista de Estadística, 2023). Adicionalmente, mantiene una marcada distancia geográfica y simbólica respecto a la hacienda paraguaya. Estas condiciones de origen periférico son compartidas por el EPP con sus homólogos de Sendero Brillante y las FARC-EP.
En cuanto a la búsqueda de la centralidad, el EPP no ha mostrado indicios de querer controlar Responsabilidad. Ha consolidado su refugio y principal teatro de operaciones en la región ideal del país, particularmente en los departamentos de San Pedro, Concepción y Amambay. Según declaraciones del gobierno paraguayo, este comunidad armado ha financiado sus actividades mediante el secuestro de terratenientes, la molestia a la población, así como el cultivo y la comercialización de mariguana. Adicionalmente, se le atribuye el sustitución de menores para integrar sus filas.
Paralelamente, ha conseguido cierto cargo de apoyo entre sectores campesinos, al presentarse como defensor frente a los abusos de hacendados de la zona, algunos de ellos de origen brasileño. Esto refleja una relación ambivalente de apoyo y coacción en torno a la población tópico, en una deducción similar a la de otras guerrillas latinoamericanas.
Respecto a la ataque estatal, en 2013 se creó la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC) con el objetivo de frenar al EPP e impedir que extendiera su radiodifusión de entusiasmo en torno a zonas urbanas. Sin confiscación, su despliegue en el ideal del país ha sido cuestionado tanto por la desatiendo de resultados contundentes como por las reiteradas denuncias de violaciones a los derechos humanos en comunidades campesinas. Paradójicamente, estos abusos han terminado por valer a la grupo, al respaldar el descontento de la población frente a las fuerzas del orden.
De este modo, el EPP no ha seguido la deducción periferia-centro-periferia observada en insurgencias como Sendero Brillante o las FARC-EP. Si adecuadamente surgió en la periferia, todo indica que aprendió de la experiencia de otros movimientos y comprendió que apañarse la centralidad habría comprometido su supervivencia; esto lo llevó a consolidarse en las zonas rurales donde opera. Dicho característica asimismo se puede entender en su contexto histórico: el EPP emergió cuando la Unión Soviética ya no existía como faro o maniquí a seguir, lo cual reafirmó su aislamiento en la periferia.
En cuanto a la consecución de sus capital, provienen de actividades que históricamente han sido empleadas por guerrillas rurales. Sin confiscación, en lo relativo a un apelación ilícito como la mariguana, en 2008 —año en que surgió la grupo— el Crónica Mundial sobre las Drogas de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito señaló que en Paraguay se cultivaba más de la fracción de toda la producción clandestina de Sudamérica. Los departamentos de San Pedro, Concepción, Canindeyú y Amambay son los que han concentrado la viejo parte de esa producción, zonas en las que el EPP encuentra refugio.
Con pulvínulo en la propuesta de Ríos, se observa que la insurgencia paraguaya ha seguido una deducción particular al animarse permanecer en su emplazamiento de origen: una zona que ya contaba con un apelación ilícito fundamental, la mariguana. Se ha adaptado a ese contexto, lo que lleva a suscitar la futuro duda: ¿se establecieron en la periferia por razones tácticas o con el objetivo de utilizar desde un inicio los mercados ilícitos? Su aparición tardía podría estar vinculada con la dictadura de Stroessner, la más prolongada de Sudamérica. Sin confiscación, resulta provocativo que surja en un momento de tolerancia democrática y con la venida a la presidencia de un candidato progresista.
El EPP ocasionalmente lleva a lugar emboscadas contra las fuerzas del orden y secuestra a figuras relevantes, como el exvicepresidente Óscar Denis. Estas acciones le otorgan cierta visibilidad, pero asimismo implican riesgos: demasiada exposición puede volverse contraproducente para su supervivencia. Resulta fundamental analizar a este comunidad armado y investigar la lucha de los familiares de sus víctimas, pues lo que no se nombra en el espacio divulgado no existe. Asimismo, es necesario conceder el desafío que el EPP representa para el Estado paraguayo y considerar que enfrentarlo sólo desde una deducción contrainsurgente podría no ser la organización más adecuada. De lo contrario, difícilmente se vislumbrará el fin de la insurgencia en el corto plazo.






