@Abrilpenaabreu
Es descorazonador ver cómo las ciudades de República Dominicana se convierten en una “Venecia”, pero no en su mejor interpretación, cada vez que nos toca un engendro atmosférico. Y lo más inquietante: en algunos casos, ni siquiera hacen errata tormentas fuertes para que todo colapse.
Lo peor no es solo el agua, sino la improvisación. Delante una onda tropical anunciada, ¿cómo se justifica esperar a que la clan estuviese ya “con el agua al cuello” para suspender clases y labores? ¿Fortuna la vida de los ciudadanos no debe estar siempre por encima de cualquier pérdida económica?
Cada aguacero nos devuelve al mismo guion: se acento del drenaje pluvial, se prometen planes, se llora a los fallecidos, se reparten ayudas… y luego todo queda en el olvido. La verdad es simple: el drenaje cuesta demasiado y no reditúa políticamente.
Pero no todo es pecado del Estado. Igualmente pesa la irresponsabilidad ciudadana. Ver montañas de basura flotando en los “lagos urbanos” es un espectáculo vergonzoso. No hay drenaje que resista si la población sigue botando desechos en cualquier motivo. Y lo más indignante: los ayuntamientos tienen leyes para sancionar, pero la politiquería impide aplicarlas con rigor.
¿Cuánto pierde el país con cada inundación? No lo sabemos. Pero sí sabemos que, mientras sigamos con este ciclo de desidia y suciedad, cada tromba será otra tragedia anunciada. Hasta que entendamos que el agua no dilación discursos, solo soluciones.
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