Abinader: cimentación diseñada para mantenerse en el centro del tablero político | AlMomento.net

Abinader: cimentación diseñada para mantenerse en el centro del tablero político | AlMomento.net

El autor es politólogo y teólogo. Reside en Nueva York

En un proscenio político de fricciones, la figura del presidente Luis Abinader emerge con una imprecisión estratégica. A simple paisaje, la proliferación de más de “quince precandidatos” presidenciales internamente del Partido Revolucionario Reciente (PRM) podría interpretarse como señal de desorden o abandono de liderazgo firme.

Al observar con luceros de cirujano, es posible interpretar esta pluralidad no como una afición, sino como una sofisticada maniobra de control: una cimentación diseñada para respaldar que, gane quien gane, el cierto poder siga orbitando en torno a su figura.

En este artículo procuro suponer que Abinader no está jugando una partida para seguir en el poder directamente, sino para mantenerse en el centro del tablero político más allá del 2028, incluso sin la posibilidad de ser candidato, por ahora. Esta logística, que mezcla distanciamiento discursivo con intervención táctica, abre una nueva lección sobre la naturaleza del liderazgo político en las democracias contemporáneas.

Fragmentación deliberada

El PRM atraviesa una etapa inédita: al menos “vigésimo figuras” con aspiraciones presidenciales emergen, cada una buscando espacio, respaldo y estructura. Pero esta disparidad de liderazgos podría estar ocurriendo bajo el consentimiento —e incluso el auspicio— de Abinader. Al permitir una división controlada, el presidente consigue: 1)-Dispersar las ambiciones que podrían consolidarse en una figura que lo desafíe.

2)-Mantenerse como árbitro imprescindible internamente del partido.
3)-Proteger su nuncio, evitando que un solo coalición defina el futuro del PRM sin su influencia.
Y 4)-En términos tácticos, es una forma de evitar la “hiperconcentración de poder” en terceros, y de respaldar que todos —desde los más radicales hasta los más moderados— necesiten su mediación para avanzar.

¿Y si “su candidato” no apetito?

La posibilidad de que el precandidato que reciba su abundancia, “si es que lo hace”, no resulte electo no representa necesariamente una derrota para Abinader. Al contrario, en ese proscenio se activa un nuevo modo de poder: el de referente indispensable. Si su “delfín” pierde, puede adoptar el papel de figura moderadora, custodio del orden interno, e incluso convertirse en el fiador de pelotón frente a una eventual crisis post-convención

Encima, si el PRM pierde el poder en 2028, Abinader podría convertirse en el nuevo líder rival natural, sin el desgaste de la campaña ni las contradicciones del control directo del poder. Es, en esencia, un selección donde incluso la derrota puede crear haber político si se administra con inteligencia.

Liderazgo residual y permanencia

En teoría política se conoce como liderazgo residual a aquel que, aun sin habitar una función oficial, conserva el poder institucional o mediador para seguir influyendo en las decisiones políticas.

Para que eso ocurra, Abinader necesita: Proseguir su aprobación pública por encima del promedio.
Evitar escándalos o errores graves en el tramo final de su gobierno.
Consolidar una novelística de dirigente que privilegió la estabilidad y las instituciones por encima del ego y la avidez.

Este tipo de liderazgo, más frecuente en sistemas parlamentarios, ha sido replicado con éxito en América Latina por figuras como Lula da Silva o Michelle Bachelet. En los dos casos, se mantuvieron como faro ideológico y político de sus partidos incluso a posteriori de dejar la presidencia.

Una segunda reforma constitucional

Luis Abinader ya reformó la Constitución, con el propósito de robustecer la institucionalidad y respaldar la independencia del Ocupación Sabido. Ese acto, celebrado por muchos sectores como muestra de masculinidad política, ahora lo condiciona.

Modificarla nuevamente para habilitar una reelección para el 2028 sería un locución que no solo lo enfrentaría a sus propias palabras, sino que podría fracturar su imagen de líder ético. En ese sentido, cualquier movimiento en torno a la continuidad debe considerar: 1) El costo discursivo de contradecirse públicamente; 2) La reacción de la sociedad y múltiples sectores de influencia civil y los organismos internacionales; 3) La deterioro de su haber simbólico acumulado.

En este punto, el dilema es profundo: ¿vale más una nueva dirección o un nuncio sin manchas?

¿Una faena audaz o una retirada estratégica que lo mantenga como figura reverenciada y arreglado para escenarios futuros?

Según la Sagrada Escritura: “Todo es posible para el que cree”.

La modificación constitucional la puede hacer otro.

Del árbitro al patriarca político

Lo que parece estar construyendo Abinader ya ha sido ensayado en otros contextos: Lula en Brasil logró sostener su influencia durante más de una término sin habitar el cargo.
Álvaro Uribe en Colombia mantuvo control sobre su partido incluso a posteriori de que su delfín Santos rompiera con él. Y las fricciones posteriores que permitieron el triunfo de Petro.

Macron en Francia, pese a perder el control legislador, siguió siendo el centro de importancia de su movimiento político.

En todos estos casos, el cierto liderazgo no residía en el cargo, sino en la capacidad de influir, ordenar, negociar y representar una identidad más allá de las coyunturas.

El selección prolongado de Abinader

El presidente Luis Abinader podría estar jugando una de las partidas más inteligentes de la política contemporánea del país. Al permitir múltiples precandidaturas en su partido, al evitar posturas cerradas sobre su futuro, y al mantenerse como figura moderada y modernizadora.

Se puede inquirir que Abinader está tejiendo una red de influencia que podría proteger su nuncio, respaldar su vigencia y permitirle rea-parecer —si el país lo requiere— en una nueva coyuntura, como fiador de estabilidad o como constructor de consenso.

No se prostitución de una derrota planificada, sino de una transición meticulosamente administrada, en la que la figura presidencial no desaparece con el mandato, sino que se transforma en símbolo, narración y árbitro de la política dominicana.

La síntesis de todo el discurso: “El que fue llamado una vez, puede ser llamado otra, si su tiempo aún no ha terminado.”

Jpm-am

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