El autor es compositor, líder comunitario y estratega político. Reside en San Cristóbal.
En la historia política de la República Dominicana se ha instalado un dilema que, aunque parece burdo, refleja con crudeza el pensamiento popular: la diferencia entre los “ladrones eficientes” y los “ladrones ineficientes”. La frase, repetida en tertulias callejeras y conversaciones cotidianas, es un signo del profundo descrédito que padecen las organizaciones políticas y la crisis de fe en las propuestas de quienes aspiran a dirigir el Estado.
El “chorizo competente”, en la percepción del pueblo, es aquel político que, aun apropiándose de los capital públicos, deja huellas tangibles en obras, servicios e infraestructura. Roba, pero “hace”. Por el contrario, el “chorizo ineficiente” es aquel que adicionalmente de enriquecerse con lo indiferente, no construye falta, no transforma falta, y deja tras de sí un vano de estancamiento y frustración.
Esta forma de pensar, aunque cargada de cinismo, revela la degradación de la política dominicana: la ciudadanía ya no mide a los gobernantes en términos de integridad, transparencia y servicio al acertadamente global, sino en función de cuánto logran disfrazar o argumentar sus acciones con resultados visibles. El pueblo, cansado de promesas incumplidas, prefiere resignarse a un “mal pequeño” ayer que porfiar a ideales que parecen utópicos.
El problema de fondo no está en la comparación entre ladrones, sino en lo que esa comparación significa: una pérdida casi total de confianza en la posibilidad de una gobierno honesta y responsable. Los nuevos movimientos, en vez de sembrar esperanza, suelen heredar el mismo descrédito, pues sus discursos suenan repetidos y la historia nuevo indica que, una vez pillado el poder, terminan comportándose igual que los anteriores.
El desafío para el país es desmontar esta visión resignada. No podemos seguir legitimando el robo con obras, ni premiando la corrupción “competente” sobre la ineficiente. El serio progreso radica en recuperar la fe en instituciones políticas que sean capaces de regir con ética, de cuidar con transparencia y de mostrar que el poder no es un despojo, sino una responsabilidad.
Mientras tanto, la pregunta persiste: ¿seguiremos eligiendo entre ladrones eficientes e ineficientes, o tendremos el coraje de exigir líderes verdaderamente honestos?
de am
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