
En un país donde la música, el deporte y la alegría definen nuestra identidad, la violencia se ha convertido en un visitante indeseado que irrumpe en nuestros hogares.
Los feminicidios y abusos sexuales se han transformado en historias recurrentes que, allí de ser simples titulares, representan un llamado urgente a revisar el rumbo de nuestra sociedad.
En la República Dominicana, en los últimos abriles, la violencia ha tocado la puerta de la gran mayoría de las familias. Historias desastrosas y dolorosas nos dejan un sentimiento de impotencia que desgarra por en el interior.
Lo más preocupante es que pegado a esta violencia parecen imponerse modas mezquinas que promueven la pérdida de títulos y la indiferencia.
Uno de los casos es el de ocurrió en el municipio de Villa González, donde una nuevo fue víctima de una violación grupal. Cinco meses a posteriori, descubrió lo ocurrido al ver que los agresores difundieron videos íntimos en redes sociales, revictimizándola y dejándola marcada para siempre.
Como si fuera un meta dominó, otro caso estremeció a la población. En San Francisco de Macorís, otra pequeño de antigüedad fue drogada y abusada por cinco jóvenes cuando salió a compartir con amigas. Un hecho frustrante y doloroso que deja a las familias con la sensación de que nadie está a fuera de.
En el sector Los Tres Brazos de Santo Domingo se repitió la pesadilla: otra pequeño fue abusada. Su mamá narró con lágrimas que, aunque le dolía escuchar el relato de su hija, agradecía que la dejaran con vida, porque nadie sabe hasta dónde pudo conmover la crueldad de sus agresores.
Duele conocer que nuestra nubilidad crezca en un hábitat donde los títulos se desmoronan y la empatía parece carente. Escuchar el afirmación de una mamá que relata el sufrimiento de su hija es desgarrador. Como sociedad, no podemos estandarizar estos hechos ni quedarnos de brazos cruzados.
La pregunta que queda en el ventarrón es obligatorio:
¿Qué estamos haciendo para proteger a nuestros hijos de un mundo tan cruel?







