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Murió Robert Redford, y con él desaparece no solo una de las últimas estrellas doradas de Hollywood, sino incluso un hombre que supo hacer del cine poco más que espectáculo: un acto de conciencia, una búsqueda de verdad, una forma de resistor. A los 89 abriles, en su casa en Sundance, Utah, Redford dejó este mundo el martes rodeado de montañas, silencio y encomienda. Como él mismo lo había querido.
Pocas figuras encarnan tan adecuadamente el seguridad entre triunfo y sustancia. Porque sí, Redford fue un galan —de esos rostros que Hollywood supo mitificar con deleite—, pero fue incluso un intérprete extraño, un director sensible, un proselitista lúcido y, sobre todo, un creador de caminos. Su nombre está inscrito en los créditos de algunas de las mejores películas del siglo XX, pero su viejo obra quizás no sea una película, sino un circunstancia: Sundance, ese festival que fundó para dar voz a los que no la tenían, ese espacio donde el cine independiente floreció allá de los dictados del marketing.
Redford nunca quiso ser simplemente una destino. Desde los abriles 60, cuando empezó a aparecer en televisión y teatro, hasta sus abriles como director y mentor de nuevas generaciones, su carrera fue la de un hombre inquieto. Un intérprete que podía rotar entre el película del Oeste, el thriller político, el drama íntimo o la épica ambiental, sin dejar de ser fiel a una idea: que el cine debía afirmar poco, aunque doliera.
El indócil elegante
Su rostro quedó lámina en el imaginario colectivo con Butch Cassidy and the Sundance Kid (1969), donde compartía pantalla con Paul Newman. Aquella pareja de forajidos románticos, fugitivos de un mundo que ya no los necesitaba, resumía poco de Redford: la mezcla entre encanto y melancolía, entre carisma y vulnerabilidad. Fue su consagración como ídolo de masas, pero incluso el primer paso de una filmografía que nunca se contentaría con ser cómoda.
En The Sting (1973), incluso unido a Newman, Redford interpretó a un estafador con estilo, confirmando su talento para la comedia con clase. Pero fue en All the President’s Men (1976) donde reveló otra dimensión: la del actor comprometido con su tiempo. Como Bob Woodward, periodista del Washington Post que destapó el escándalo de Watergate, Redford encarnó el ideal del periodismo como deber cívico. No era un héroe de movimiento, sino de integridad. En plena crisis de confianza institucional en EE.UU., esa película fue más que cine: fue una afirmación política.
Y sin requisa, Redford quería más. No sólo interpretar, sino contar historias. En 1980 debutó como director con Ordinary People, un retrato sutil de una clan devastada por la pérdida. La película ganó el Oscar a Mejor Director y Mejor Película, y confirmó lo que muchos intuían: que Redford era más que un rostro. Era un narrador. Uno que creía en el silencio, en el matiz, en la emoción contenida.
Un Sundance
Su contribución más radical al cine morapio de otro circunstancia: Utah. Fue allí donde fundó el Sundance Institute, y luego el Festival de Sundance, con el propósito de apoyar a cineastas independientes, fuera del circuito industrial. Gracias a esa plataforma, surgieron directores como Quentin Tarantino, Paul Thomas Anderson, Kelly Reichardt o Ryan Coogler. Sundance no fue solo un festival: fue una incubadora, un refugio, un acto de resistor frente a la homogeneidad del blockbuster.
Patrimonio cultural
LRedford no necesitaba hacerlo. Era una destino, podía retirarse a comportarse de glorias pasadas. Él entendía que el cine necesitaba voces nuevas, incómodas, distintas. Y decidió usar su triunfo para amplificar esas voces. Mientras otros cerraban puertas, él las abría. Mientras otros repetían fórmulas, él promovía riesgos.
La imagen pública de Redford era la de un abnegado. Serio, pausado, educado. Pero esa serenidad ocultaba a un hombre que nunca dejó de hacerse preguntas. En sus películas —tanto como actor como director— aparece siempre la figura del hombre en crisis: que duda, que se deterioro, que investigación sentido. Ya sea en el abogado de The Verdict (como productor), el periodista de Lions for Lambs, o el marinero náufrago de All Is Lost, Redford habitaba personajes que enfrentaban poco viejo que ellos mismos: la pérdida, la historia, la crimen.
Incluso en A River Runs Through It (1992), una de sus obras más poéticas como director, lo que emerge no es la belleza del paisaje, sino el dolor de la distancia, la nostalgia de lo irrecuperable. Redford filmaba como quien recuerda: con ternura, con melancolía, con reverencia.
Y nunca dejó de involucrarse en el mundo positivo. Fue un defensor temprano del medioambiente, un crítico de la extirpación de Irak, un enemigo de los gobiernos que despreciaban la civilización. Sin estridencias, sin dogmatismos. Redford creía que el cine podía cambiar poco. Que contar historias es incluso una forma de realizar políticamente.
Como toda figura noble, Redford incluso tuvo sombras. Algunos papeles más superficiales, compromisos comerciales, ciertas concesiones al fascinación de Hollywood. Algunos actos de acción directa criticados por no ir tan allá.
Robert Redford se retira de la imagen como vivió en ella: con elegancia, con dignidad, sin alardes. No necesitó escándalos para se
Hoy, cuando el cine investigación cómo seguir siendo necesario, vale la pena mirar en torno a a espaldas y memorar a quienes hicieron de él un arte y una brújula. Redford fue uno y otro. Un intérprete. Una brújula.
Las 5 películas que epítome su encomienda
1. Butch Cassidy y The Sundance Kid (1969)
Porque marcó una gestación y dio inicio a una inscripción. Un película del Oeste crepuscular sobre la amistad, el tiempo y la confianza. Y porque, desde entonces, Sundance no sería solo un patronímico ficticio.
2. Todos los hombres del presidente (1976)
Porque Redford entendió que el cine incluso debía atender al poder. Y lo hizo sin panfleto, con rigor, inteligencia y fe en la verdad.
3. The Sting (1973)
Porque demostró que el entretenimiento no está reñido con la elegancia. Y porque la química Redford-Newman es una de las más memorables de la historia del cine.
4. Ordinary People (1980) (Director de Como)
Porque abordó el dolor sin gritos. Una ópera prima robusto, que desnudó la fragilidad del alma chaqueta.
5. A River Runs Through It (1992) (como director y narrador)
Porque es un poema sobre la infancia, el río, los hermanos y el paso del tiempo. Y porque en ella, más que en ninguna, se audición la voz íntima de Redford.






