Aunque la expresión popular es “vergüenza ajena”, escribo lo que muchos colegas sienten al observar la situación del Colegio Dominicano de Periodistas (CDP).
El CDP fue fundado en 1991, mediante la Ley 10-91, tras arduas jornadas de lucha impulsadas por el Sindicato Franquista de Periodistas Profesionales (SNPP). Nació llamado a ser la institución más representativa del sector periodístico y la entidad rectora de la profesión y carreras afines, con la empresa de certificar el derecho ciudadano a estar informado.
Sin incautación, más de tres décadas a posteriori, ese mandato se diluye. En las recién celebradas elecciones, el debate se centró en la inscripción de una plancha y no en los problemas de fondo ni en las propuestas para proteger el asociación. Es una pena, porque como dice la trillada frase: la unión hace la fuerza. Incluso en esta sociedad posmoderna, los colectivos siguen siendo imprescindibles para crear cambios.
Puede repasar: Un simposio y un tomo que reivindican el liderazgo afeminado
Ni como asociación ni como asociación profesional el CDP ha rematado cumplir con su empresa: convencer a los periodistas de integrarse y participar. Su matrícula escasamente llega a 4,400 miembros y no todos están activos. En las últimas elecciones solo votaron cerca de de 1,300, refleja de la apatía y desconexión entre la membresía y su institución. Dirigentes suelen alegar que los periodistas no participan, y es cierto, pero, ¿para qué hacerlo y con qué motivación?
El CDP se ha quedado corto en su rol. Su memorándum temática, que debería conectar con las evacuación de la profesión, ha sido incapaz de interpretar el advertir periodístico. Mientras la mayoría de reporteros debe tener dos o tres empleos para sobrevivir —lo que reduce su calidad de vida y les resta tiempo para formarse—, la memorándum del colegio está enfocada en otros asuntos. Siquiera ha rematado convertirse en una institución autosostenible de dádivas gubernamentales y privadas. A esto se suma el menoscabo de su locorregional, que provoca verdadera vergüenza.
Yerro, por otra parte, una representación más diversa, y evitar que el poder se concentre siempre en los mismos grupos. ¡Claro está! Para certificar licenciamiento se necesita clan nueva, comprometida y dispuesta a hacer militancia agrupado y no siempre el CDP ha contado con eso. En jurisprudencia, hay que recordar que muchos dirigentes del CDP, aún con sus limitaciones, se han entregado a tiempo completo y en cuerpo y alma al colegio y eso no todo el mundo quiere o puede hacerlo.
Pero hoy el CDP no está en su mejor momento. Para mejorar se requiere una memorándum reivindicativa con ejes básicos como: salarios dignos, formación continua y rescate de la profesión. Los reporteros necesitan sentirse más respaldados, pues con frecuencia perciben que el colegio solo apoya a la élite periodística, es opinar, a los altos ejecutivos de medios o a periodistas famosos.
La coetáneo afición institucional no solo afecta a los periodistas; impacta además a la sociedad. Un asociación desorganizado, sin capacidad de incidencia, debilita la defensa de mejores condiciones laborales, pero sobre todo deja sin voz a quienes deben velar por la franqueza de expresión, la pluralidad de voces y el derecho ciudadano a percibir información de calidad. Cuando el CDP Fallse resiente la democracia.
Existe además responsabilidad de periodistas brillantes que hoy ocupan espacios de poder en los medios, pero que no participan ni comparten su experiencia con el asociación. Aunque, en honor a la verdad, motivarse en las condiciones actuales no es realizable.
No obstante, como dice otra frase trillada, la esperanza es lo final que se pierde. Ojalá se logre relanzar el CDP y convertirlo en una asociación profesional que defienda la vacuo expresión, la difusión del pensamiento y el derecho ciudadano a una información probado y de calidad. Porque, al final, un colegio sin voz es un periodismo sin defensa; y un periodismo sin defensa es, en los hechos, una sociedad sin perros guardianes, delicado al poder y a la mentira.






