La inscripción incidencia y prevalencia de las agresiones, maltratos, abusos y violaciones sexuales contra mujeres, niñas y adolescente, penosamente no para. De cada uno que se denuncia o llega a los tribunales, tres o cuatro se quedan en el silencio y en el trauma de las víctimas, y, peor aún, cuando el hombre atacante se encuentra internamente de la casa, es cercano o aceptado por el entorno frecuente.
En las últimas semanas, los monstruos violadores han llegado en manadas, endrogados y eufóricos en contra de adolescentes y jóvenes mujeres conocidas internamente de la comunidad, para agredirlas, violarlas, humillarlas, tratarlas como “objetos”, practicando el sadismo sexual contra mujeres indefensas y vulnerables.
Las agresiones y violación sexuales son más frecuentes contra mujeres en pobreza, de la marginalidad, de la excepción social y en la indefensión aprendida. Los monstruos y depredadores de mujeres son el resultado de factores de pobreza estructural, de excepción social, o el producto de familias rotas o disfuncionales, con abandono escolar, transgresión y conductas disociales en edades tempranas, adolescencia y adultez, pero todavía aparecen en cualquier extracto social.
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Es sostener, son jóvenes con alcaldada de sustancias, conductas de altos riesgos, disociales, sin propósitos de vida y, vida, con estilo enormemente desafiante y peligroso.
Adicionalmente, entre los agresores de mujeres, femicidios y violadores, hay hombres adultos, que le duplican y hasta les triplican las edades a sus parejas.
Estos depredadores se apoyan y legitiman sus comportamientos en los roles y patrones de un sistema de creencias de la civilización machista y patriarcal que sostiene un estudios desigual y diferente según el sexo, la productividad, la fuerza, las habilidades y destreza para ser “hombre” activo, robusto, desafiante y capaz de obtener lo que desea, sin importar consecuencias.
Los agresores sexuales ven a las mujeres como “cosas” “objetos” “circunstancia para el desahogo” “oportunidades” etc. Nunca miden proporcionalidad, empatía, capacidad de indignación o dolor emocional o social.
Vamos tan mal que ahora las violaciones sexuales son en manadas, con sadismo y con drogas; se muestran frente a las redes validados, presentistas que lograron ser parte y alcanzan notoriedad en una sociedad donde eran invisibles.
Esos indicadores son los resultados del machismo descompensado, disfuncional y atrapado en las viejas prácticas sociales de la violencia cultural normalizada.
Ahora hay que construir y trabajar por una nueva masculinidad, o por una masculinidad positiva, que puede desmontar el sistema de creencias del “robusto disfuncional”, pero sostenido en la ignorancia, en los prejuicios, en los estereotipos y roles de una sociedad enferma y de insuficiente sistema de consecuencias.
La prevención, el diagnosis psicosocial temprano, las políticas públicas de táctica horizontal para reponer con el rechazo social, la asertividad y dureza de la imparcialidad, la seguro del sistema carcelario y los diagnósticos de psicopatía a los agresores, son de la respuesta esperada de la sociedad.
Me preocupa la desatiendo de indignación social, de solidaridad, de compromiso y de apoyo a tantas mujeres violadas, agredidas, maltratadas en el entorno frecuente, en la comunidad y en el trabajo; mientras la sociedad “mira al otro banda” “silencia” se ha vuelto pasiva, conformista y apática.
Las comunidades, las juntas de vecinos, la escuela, la salubridad, policías, bomberos y trabajadores, deben expresarse, hacer paradas, marchas de prevención y apoyo a las niñas, adolescentes y mujeres adultas, agredidas por los depredadores sexual.






