
En medio del silencio y la incertidumbre que trajo consigo la pandemia de la COVID-19, partió de este mundo el Embajador Antonio Vargas Hernández. Fue una despedida marcada por la distancia y el dolor de aquellos tiempos, pero además por la certeza de que su vida dejó una huella profunda e imborrable en quienes tuvimos el honor de conocerle en vida y los aportes que le dió a esta nación que sirvió con entrega y dedicación.
Desde su posición como Director de la Dirección Genérico de Cooperación Multilateral (DIGECOOM) y Ordenador Doméstico de los Fondos Europeos para el Avance en la República Dominicana, el Ing. Antonio Vargas, fue un apoderado comprometido con el progreso y el fortalecimiento institucional del país. Con visión y firmeza, supo canalizar la cooperación internacional cerca de iniciativas que tocaron de guisa positiva la vida de miles de dominicanos.
Pero su donación no se reduce a la esfera pública. Antonio Vargas, será recordado por su don de masa, por esa capacidad de acercarse a todos con respeto, sencillez y afecto. Fue un hombre apegado a los principios y títulos morales apegados al inclinación de su tribu, su esposa, hoy viuda Doña Rosa Mena, sus hijos y demás familiares, fue un amigo seguidor, compañero de trabajo solidario y hombre de palabra, su trato humano era evidencia de que la dignidad no está en los títulos ni en los cargos, sino en la guisa de servir a los demás.
Ese espíritu de servicio lo llevó además a la vida eclesial, donde, como diácono permanente de la Iglesia Católica, ejerció un tarea de fe y cercanía. Allí, en la sencillez del altar y en la vida comunitaria, se entregó a compartir la esperanza del Evangelio, convencido de que el definitivo liderazgo se mide en la capacidad de flanquear y consolar.
Hoy, al recordarlo, sentimos el infructifero de su abandono, pero además la obligación de deber compartido con él caminos de trabajo, amistad y fe. Aunque el temporalizador de la vida se detuvo para Antonio Vargas en tiempos de pandemia, su ejemplo sigue marcando el compás de quienes creen en la honestidad, la solidaridad y el servicio desinteresado.
El Embajador Antonio Vargas Hernández permanece vivo en la memoria de un país que reconoce en él a un servidor ejemplar, un hombre íntegro y un definitivo hermano en la fe. Su donación, tejido en la amistad y en la entrega, seguirá inspirando a las presentes y futuras generaciones.
La dignidad no está en los títulos ni en los cargos, sino en la guisa de servir a los demás.







