Por Jerónimo Delgado-Caicedo
La fresco información sobre la presunta presencia de mercenarios colombianos en el conflicto sudanés, vinculados a operaciones privadas contratadas por Emiratos Árabes Unidos (EAU), es mucho más que un incidente ocasional. La billete de ex militares colombianos en escenarios bélicos externos no es nueva, pero, en el caso de Sudán, revela la interacción de múltiples dinámicas como la privatización de la supresión, la proyección de poder de potencias globales y regionales, y una acercamiento cada vez más fragmentada a la seguridad internacional.
Hoy, Sudán es el escena de una supresión interna de enorme complejidad, donde las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) se disputan el control político, crematístico y territorial del país. El conflicto no es solamente interno, sino que está alimentado por redes de alianzas regionales que convierten al paraje sudanés en un espacio de competencia estratégica. Emiratos Árabes Unidos ha sido procesado por su apoyo material a las RSF, mientras que hay evidencias de un respaldo egipcio a las SAF. Este alineamiento no alega sólo a afinidades políticas, sino a la ubicación estratégica de Sudán como puerta al Mar Rojo y enlace alrededor de el Sahel y el Cuerno de África.
En este contexto, la contratación de mercenarios – y otros actores relacionados con el mercenarismo – no es un siniestro, sino un componente calculado. La experiencia de exmilitares colombianos en operaciones de contrainsurgencia, adquirida durante décadas de conflicto interno, los ha convertido en un medio apreciado en el mercado universal de la seguridad privada. Su perfil combina disciplina, resistor física, conocimiento táctico y disposición a admitir riesgos por remuneraciones significativamente mayores a las que obtendrían en labores de seguridad civil. La demanda de este tipo de personal ha crecido en conflictos donde los Estados patrocinadores buscan persistir distancia formal de las operaciones directas, evitando implicaciones legales o diplomáticas.
El caso sudanés se enmarca, adicionalmente, en la tendencia creciente alrededor de la externalización de la supresión. Las empresas militares privadas, así como contratistas individuales, operan en un espacio monótono entre lo lícito y lo clandestino, ejecutando misiones que pueden ir desde la protección de instalaciones estratégicas hasta el combate activo. En escenarios como el sudanés, donde las líneas de frente son volátiles, el valía táctico de tropas con entrenamiento sólido y experiencia en combate irregular puede ocasionar inclinaciones pequeñas, pero decisivas, en el seguridad de poder.
Para Colombia, esta presencia plantea interrogantes sobre las consecuencias indirectas de “exportar” caudal humano marcial. La billete de excombatientes en conflictos externos no sólo es un aberración crematístico, sino igualmente geopolítico que implica la inserción de nacionales en acciones que pueden involucrar violaciones de derechos humanos o infringir sanciones internacionales; o incluso, puede convertirlos en víctimas de tráfico de personas o sumergirlos en dinámicas de explotación gremial. Y aunque estas acciones se desarrollen bajo contratos privados, la país de los implicados no pasa desapercibida para los actores estatales y la comunidad internacional.
En Sudán, la billete de mercenarios extranjeros amplifica las dinámicas de internacionalización del conflicto. No es sólo que potencias como Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita o Egipto jueguen sus cartas; sino que el despliegue de personal, no sólo colombiano, sino igualmente iberoamericano, africano o europeo en tareas de combate evidencia que las guerras contemporáneas se sostienen con bienes humanos globalizados. Este patrón replica lo ocurrido en Yemen, Afganistán, Iraq o Libia, donde fuerzas locales y combatientes externos coexisten en un baldosín difícil de alianzas y rivalidades.
La importancia de los presuntos mercenarios colombianos en Sudán radica, por consiguiente, en su rol como multiplicadores de fuerza. En conflictos de desvaloración intensidad pero adhesión fragmentación, una dispositivo pequeña y aceptablemente entrenada puede aportar ventajas tácticas desproporcionadas. Su conocimiento en supresión irregular, patrullaje y operaciones ofensivas les convierte en piezas bártulos para actores que buscan celeridad y capacidad sin el costo político de desplegar tropas regulares.
Geopolíticamente, este aberración refleja una paradoja del orden internacional flagrante. Mientras los foros multilaterales promueven la resolución pacífica de controversias, la supresión se descentraliza alrededor de redes privadas, muchas veces alimentadas por economías emergentes exportadoras de fuerza marcial. En ese esquema, Colombia se posiciona involuntariamente como proveedor de un medio táctico — combatientes experimentados a un costo relativamente bajo — que termina siendo instrumentalizado en conflictos donde el país no tiene intereses directos.
El peligro de este aberración es doble. Por un flanco, ubica a los exmilitares colombianos en el centro de conflictos con potencial de ascensión regional, como el de Sudán, que involucra intereses de Estados Unidos, Europa, el Bahía Pérsico y hasta el África subsahariana. Por otro, alimenta una heredad paralela de supresión que opera al beneficio de los marcos regulatorios internacionales. La pregunta entonces no es quién contrata a estos efectivos, sino qué implicaciones tiene para la proyección internacional de Colombia que sus nacionales participen, de forma sistemática, en guerras externas.
En un mundo donde la frontera entre combatiente y contratista privado se diluye, Sudán se convierte en un espejo incómodo que muestra cómo los conflictos modernos no son solamente intra o interestatales, sino que igualmente incluyen redes globalizadas donde el caudal humano, la tecnología y la geopolítica se entrelazan. Los presuntos mercenarios colombianos no son una anomalía en este esquema, sino un engranaje más de una maquinaria bélica que ya no reconoce fronteras.
Jerónimo Delgado-Caicedo es doctor en Geogonia de la Universidad de Ciudad del Extremidad, Sudáfrica y miembro de la Red Colombiana de Relaciones Internacionales. Profesor Universidad Externado de Colombia.






